La primera vez que oí hablar de Juan Gelmán fue en una fiesta Erasmus, cubata en mano, entre idas y venidas de desconocidos (me había aventurado a ir sola), en un piso repleto de estudiantes a los que ni el mismo anfitrión conocía. Me lo recomendó un chico joven del que nunca supe el nombre (nadie fue capaz de ubicarlo cuando pregunté por él) y del que recuerdo, sobre todo, una barba excesivamente poblada para su corta edad, un gorro, quizá, y un suave acento argentino. Sé que estudiaba algo en algún sitio y que sus padres habían influido de algún modo en su pasión. Sonreía con una humildad encantadora y tocaba lo que en un primer momento presumí guitarra-carnada pero resultó ser una guitarra-coraza tras la que ocultar su timidez y que le duró en la mano lo que tardó en citar, de forma casi inconsciente, a mi admirado Cortázar (hecho que provocó una inmediata estampida del resto de desconocidos que hacían, hasta el momento, los coros, y que minutos después pasaban borrachos bajo un limbo improvisado al ritmo de Rafaela Carrá - plan sin duda atractivo que bajo ningún concepto habría rechazado de no ser porque aquel chico me dio la mejor conversación que había tenido en meses - ).
Del contenido poco recuerdo, pero sé que pasamos la noche entera solos, en un rincón del recibidor inicialmente iluminado por la luz tenue de la sala contigua y al final por los rayos de un sol de mediodía que nos sorprendía, horas-minuto después, intercambiando impresiones sobre literatura con la súbita emoción de quien encuentra a un cómplice-regalo en un contexto lleno de gente vacía, entre la que yo me contaría si él no me hubiese activado. Hubo, además, un número de teléfono y una dirección de mail apuntados, a lápiz, entre escritores, poemas, películas y canciones recomendadas.
Del contenido poco recuerdo, pero sé que pasamos la noche entera solos, en un rincón del recibidor inicialmente iluminado por la luz tenue de la sala contigua y al final por los rayos de un sol de mediodía que nos sorprendía, horas-minuto después, intercambiando impresiones sobre literatura con la súbita emoción de quien encuentra a un cómplice-regalo en un contexto lleno de gente vacía, entre la que yo me contaría si él no me hubiese activado. Hubo, además, un número de teléfono y una dirección de mail apuntados, a lápiz, entre escritores, poemas, películas y canciones recomendadas.
Nunca llamé ni escribí, pero hoy sonrío cuando leo que Eduardo Galeano, autor de una de mis lecturas de referencia: Días y noches de amor y de guerra, ha escrito un libro juntamente con Gelmán, poeta al que conocí en una fiesta Erasmus, de mano de aquel chico joven del que nunca supe el nombre.
Una mujer y un hombre
Una mujer y un hombre llevados por la vida,
una mujer y un hombre cara a cara
habitan en la noche, desbordan por sus manos,
se oyen subir libres en la sombra,
sus cabezas descansan en una bella infancia
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,
una mujer y un hombre atados por sus labios
llenan la noche lenta con toda su memoria,
una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra.
[Juan Gelmán]


