viernes, 25 de diciembre de 2009

Lo esencial




Hoy, por fin, descubro que tengo buena suerte.

Que cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos
viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.
Que mi estómago ha aprendido del mito de Narciso
y ya silencia él sólo su grito desgarrado:
la desgracia de la hermosura ansío para mí.
Que mis dedos escarban y consiguen rescatar lo inútil,
o lo útil que yo sé -o creo- que no sirve.


Por merecer la más bella envoltura rezo cada noche.
Por ser la vencedora en la batalla diaria de Zara:
la guerra de los pantalones vaqueros más estrechos,
de colores, con dibujos, los de marca, los más caros,
porque cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos
viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.


Por liderar el ranking de los cuerpos más apetecibles,
más llamativos, por una cosa u otra, a la cabeza
de las sedas varoniles, los mentones perfectos,
el vello hermoso enmarcando sus labios.


Aunque no sea alta ni melancólica ni mis manos expertas.
Insignificante, sonriente e ingenua como soy
acumulo mandatos de porcelana en el cubo de basura.
Y cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos
viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.


Magnífica estrella la mía. Hoy, por lo menos,
después de la austeridad de ya no hay llave,
tan sólo me duele la habitación número trece.


Y es un lujo morir habiendo prescindido del desayuno.

(Elena Medel)



Recuerdo aquel tiempo en que la frase estrella de esta época se limitaba al Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. A medida que fui creciendo, el repertorio de buenos deseos escuchado a mi alrededor fue menguando a pasos agigantados, siendo sustituidos, cada vez más, por comentarios navideños del estilo “No quiero turrón, que engorda” o “Estoy comiendo demasiado, tengo que ponerme a dieta” en todos los registros y variedades imaginables.

No deja de sorprenderme que la talla de un pantalón, el tamaño de las tetas o la tersura de la piel sean, a menudo, aspectos de tanto peso a la hora de valorar a los demás y a nosotros.

Ojalá llegue el día en que empiece a tener sentido aquella frase archicitada de El Principito y nos creamos, de verdad, que lo esencial es invisible a los ojos.

2 comentarios:

  1. Pues como al final, la felicidad es el mejor maquillaje, cualquier ropa sienta bien si un@ se siente bien en ella, las heridas en la piel son sólo cicatrices de guerra y prefiero engordar de felicidad que adelgazar en sueños, yo ayer disfruté como una enana entrantes, primer plato, segundo plato, postre, turrón, brindis, café y bombones, todo regado con hilos de risa y conversaciones agradables. Y lo repetiré las veces que haga falta, porque si nisiquiera en fiestas se nos va a permitir disfrutar y ser felices, apaga y vámonos. Claro que normalmente ya pertenezco a la selecta minoría de "ni sé que dirán de mí, ni me importa" :P

    :**

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  2. Se me olvidó ponerme de seguidor del blog.

    Existe una película (basada en un libro) que no recuerdo su nombre que expresamente maravillosamente esto.

    En la guerra Italia y Austria un joven y bellísimo teniente (pero pobre como una rata) es invitado por un viejo coronel (adinerado) a su caserón. Vive con su hija que es muy fea y débil. Ella como no podía ser de otra manera se enamora perdidamente del apuesto teniente, él al principio la rechaza y disimula por eso de ser la hija del jefe. Al final sin darse cuenta se enamora de ella, pero nadie creerá ese amor que tachan de interesado, ni siquiera el coronel, con funestas consecuencias. Él galán por su parte se avergüenza con sus amistades de ese amor.

    Real como la vida misma.

    Perdón por el rollo, vamos que la historia para mí deja claro la importancia que se le da al físico.

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