viernes, 11 de diciembre de 2009

Mi primera tertulia literaria





Cuando decidí apuntarme a las tertulias literarias que, cada primer miércoles de mes, se llevan a cabo en la biblioteca de mi barrio, no sabía con qué iba a encontrarme, así que decidí no crearme expectativas y atar las alas de mi imaginación cuando la veía con intención de echar a volar hacia el Madrid de El Pombo y El Ateneo o de transportarme, de un salto, a la Barcelona bohemia de Els Quatre Gats.

Mi intención era, precisamente, no dejar que mi mente me integrase, como por arte de magia, en los cafés en los que Ramón Gómez de la Serna, Ortega y Gasset, Baroja, Valle-Inclán, Unamuno, Picasso, J.R.Jiménez, Rubén Darío y Azaña, entre muchos otros intelectuales de la época, debatían no sólo sobre literatura, sino sobre todo tipo de temas de actualidad, ciencia, filosofía, arte... ya que eso podría desvalorizar la realidad con la que iba a encontrarme en mi particular tertulia.

Más allá de los círculos intelectuales de la España de principios del siglo XX, y teniendo en cuenta que sí contaba con un dato sobre las características de la reunión en la que me disponía a participar en breves, pude acotar el colectivo que las integraba, en este caso, en función del género. "El grupo está formado por unas veinte personas. Todas ellas mujeres" dijo el bibliotecario acompañando el encogimiento de hombros con una cara de cierta resignación. "Dicen que ahora las mujeres leéis más que los hombres". Le sonreí y me fui, preguntando, para mis adentros, si llegará el día en que, además de consumidoras de literatura, también podamos equipararnos a ellos en cuanto a productoras de ésta (y, si en caso de que esto ocurra, podremos superar las trabas y lograr al fin un espacio donde ser reconocidas)

Tras detenerme lo justo en divagar sobre el tema, mi imaginación eliminió la referencia de los cafés literarios que, hasta entonces, me venía a la cabeza cada vez que pensaba en la tertulia, y pasó, inmediatamente, a dibujar en mi mente un contexto que, deduzco, he integrado como normal a partir de películas y series americanas, porque aquí, que yo sepa, no se estila. En esta ocasión, el concepto de tertulia iba ligado al de mujer de clase alta, probablemente esposa de algún político o empresario de gran éxito, que lleva una vida aparentemente perfecta, pero se siente desdichada a pesar de tener todo a lo que, en el mundo frívolo en el que vive (vivimos), alguien desearía aspirar. Es una mujer inteligente, pero no necesita trabajar, así que dispone de tiempo libre para dedicar a la cultura, al ocio y a la sociedad, de forma que organiza reuniones en casa para hablar sobre el último libro leído con mujeres que se encuentran en una situación similar a la suya. Todo acompañado de pastas y té, si queremos darle un aspecto aún más tópico (es increíble cómo llegamos a integrar convenciones sociales como si fuesen cercanas, aun a pesar de pertenecer a una cultura distinta)

Pero no. Obviamente, tampoco fue ésa la realidad con la que me encontré este miércoles pasado, al acudir a mi primera cita con el grupo de tertualia.

Llegué la primera y tuve, por tanto, posibilidad de ver cómo iban llegando el resto de compañeras. Eran por lo general, personas de la tercera edad, ancianas del barrio que probablemente habían encontrado en la lectura una buena alternativa de ocio después de la jubilación (en caso de que hubiesen trabajado) o de que el último hijo, ya crecido, se hubiese marchado de casa. Señoras, en definitiva, que podrían ser mi abuela, o la de usted, o la abuela de cualquiera.

El resto del grupo estaba formado por un segundo perfil de mujeres maduras, algunas de ellas en paro o dedicadas, desde siempre, a la vida familiar. Finalmente, un escritor argentino, también vecino del barrio, como dinamizador de la charla. Y yo, preguntándome, desencantada, dónde me había metido.

La crisis se agudizó cuando, al comenzar la lluvia de ideas e impresiones sobre El curioso incidente del perro a medianoche (libro de Mark Haddon, motivo de la sesión), el Síndrome de Asperger que caracteriza al personaje principal fue tratado como locura y no como TGD (trastorno generalizado del desarrollo, entendido como perturbación grave y generalizada de áreas como las habilidades sociales y la comunicación o la presencia de actividades, comportamientos e intereses estereotipados), dando lugar a relaciones de comparación entre el joven protagonista, y Don Quijote, ni más ni menos.

No había tenido un buen día y aquello me parecía una total pérdida de tiempo. Por un momento, pensé que los comentarios de aquellas señoras podían ser los mismos que se daban una mañana cualquiera en la cola de la charcutería o de la panadería de abajo, que todo era superficial y aleatorio, carente de cualquier interés. Daban importancia a detalles que a mí me parecían insignificantes (debatieron, por ejemplo, durante un cuarto de hora, si "el malo" del libro era el padre o, por el contrario, la madre, cuando a mí me parecía innecesario culpar a nadie del trastorno de un niño) Todo resultaba absurdo.

Pero entonces sucedió. La mujer de pelo blanco que se sentaba a mi lado pidió el turno de palabra y manifestó, con una dulzura que no soy capaz de traducir: "Hoy no he venido a intervenir, porque no he podido terminar de leer el libro. Tengo una nieta con autismo y me toca tan de cerca que sólo quiero sentarme aquí a escuchar vuestras opiniones, a saber cómo se vive desde fuera lo que desde la familia muchas veces es un drama, a sentir cómo veis vosotros a Cristian - el protagonista - y, en consecuencia, a mi nieta María".

En ese momento, el debate dio un giro de 180º y no hubo mujer alguna, al margen de su opinión sobre el padre o la madre de Cristian, que no volcase en aquella abuela todo lo que pudo y más para hacerla sentir bien. Con una empatía increíble, cada una desde su situación personal, su conocimiento o su intuición, se implicó en la historia con tanto cariño y pasión que me dieron, entre todas, una lección de humildad. Porque, a menudo, los grandes aprendizajes no vienen de mano de intelectuales ni de personas con formación, sino de vidas anónimas, de personas capaces de hacer llorar de emoción a otra dando su apoyo incondicional. Personas de una humanidad envidiable a las que tengo el gran privilegio de encontrar cada mañana en la charcutería del barrio y en la panadería de abajo.


1 comentarios:

  1. El escritor Oscar Wilde lo dejó claro, sólo tiene valor la autobiografía. Se puede tener mucha sensibilidad pero si un problema concreto no nos toca de primera mano, nuestra opinión no dejará de ser algo hueca.

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