martes, 29 de diciembre de 2009

Recapitulando

Entre villancicos flamencos, botellas de anís y bailes, acaba un año de retos y decisiones, de redescubrirse y reinventarse, de sorprenderse diariamente al despertar del letargo sensaciones que, hasta el momento, sólo lo eran en potencia. Un año en que he sido, al tiempo, adulta y más adolescente de lo que lo fui en su día, un año de crear sitio en lugares nuevos y reencontrarlo en los antiguos, de avanzar, retroceder, ganar, perder, descentrarse. Un año en que independencia e inexistencia de límites marcan todas las acciones, en que uno dirige su vida (o tiene esa sensación), decide, arriesga y asume las consecuencias de sus actos.

Entre deseos escritos en servilletas y quemados en candelabros, acaba el año en que incertidumbre y desequilibrio toman gran protagonismo, en que no hay lugar para la rutina ni para la estabilidad, en que el pecho se agranda al sentir que "esto es la vida", que se está haciendo camino, escribiendo una historia elegida, protagonizando un sueño propio. El año de reencontrar a los que no se fueron nunca y de conocer a otros tantos que ojalá se queden siempre. De no estar en ningún lado, pero estar de paso en todos.

Entre bragas rojas, anillos de oro en la copa y saltos con el pie derecho, acaba el año de equivocarse y aprender, de estar continuamente a prueba, de absorber, aprovechar, exprimir las experiencias, no decir “no” a casi nada, reír y no arrepentirse. Un año de sentirse tan perdida como afortunada, de emocionarse y redefinirse, de superar dificultades y hacer frente a los temores, de extraviarse y hallarse (o no).

Entre abrazos y sonrisas, Gracias, Feliz 2010... termina un año de contrastes, de principios y finales, desafíos, ansiedades, de no querer que se acabe, de soñar, de echar de menos. Un año en que, más que nunca, cada día ha sido un reto y no siempre ha sido fácil conseguir sobrevivirse. Un año, mi año, el nuestro, en que, a pesar de los cambios, la esencia ha sido la misma, pese a las distintas formas.



Ahí la tienes. No, no es la vida.

Pero lo que sea, ahí lo tienes.



No sientas, al menos, cuando alargues tu mano hacia ella

que como quien caza fantasmas a ciegas,

atraviesas el aire,

palpas la nada,

que ella no es sino un peldaño frío

que no te atreves a bajar.




[Harkaitz Cano]


viernes, 25 de diciembre de 2009

Lo esencial




Hoy, por fin, descubro que tengo buena suerte.

Que cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos
viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.
Que mi estómago ha aprendido del mito de Narciso
y ya silencia él sólo su grito desgarrado:
la desgracia de la hermosura ansío para mí.
Que mis dedos escarban y consiguen rescatar lo inútil,
o lo útil que yo sé -o creo- que no sirve.


Por merecer la más bella envoltura rezo cada noche.
Por ser la vencedora en la batalla diaria de Zara:
la guerra de los pantalones vaqueros más estrechos,
de colores, con dibujos, los de marca, los más caros,
porque cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos
viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.


Por liderar el ranking de los cuerpos más apetecibles,
más llamativos, por una cosa u otra, a la cabeza
de las sedas varoniles, los mentones perfectos,
el vello hermoso enmarcando sus labios.


Aunque no sea alta ni melancólica ni mis manos expertas.
Insignificante, sonriente e ingenua como soy
acumulo mandatos de porcelana en el cubo de basura.
Y cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos
viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.


Magnífica estrella la mía. Hoy, por lo menos,
después de la austeridad de ya no hay llave,
tan sólo me duele la habitación número trece.


Y es un lujo morir habiendo prescindido del desayuno.

(Elena Medel)



Recuerdo aquel tiempo en que la frase estrella de esta época se limitaba al Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. A medida que fui creciendo, el repertorio de buenos deseos escuchado a mi alrededor fue menguando a pasos agigantados, siendo sustituidos, cada vez más, por comentarios navideños del estilo “No quiero turrón, que engorda” o “Estoy comiendo demasiado, tengo que ponerme a dieta” en todos los registros y variedades imaginables.

No deja de sorprenderme que la talla de un pantalón, el tamaño de las tetas o la tersura de la piel sean, a menudo, aspectos de tanto peso a la hora de valorar a los demás y a nosotros.

Ojalá llegue el día en que empiece a tener sentido aquella frase archicitada de El Principito y nos creamos, de verdad, que lo esencial es invisible a los ojos.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Escritoras Nobel




El Nobel de Literatura, premio que forma parte del amplio reparto que, año tras año, se dona a eminencias destacadas en gran variedad de ámbitos, está destinado a aquella persona que, en su dominio de las letras, haya creado la obra inspirada por el ideal más noble. Así lo quiso su fundador, Alfred Nobel, químico sueco que destinó la fortuna acumulada a lo largo de su vida a recompensar a aquellos que hubieran aportado el mayor beneficio a la humanidad.

A pesar de que en las últimas dos décadas se ha incrementado su reconocimiento, desde su primera concesión, en 1901, sólo trece mujeres han sido premiadas con él, frente a casi un centenar de hombres. ¿Falta de aptitudes o más bien de oportunidades?

Querría, a continuación, rendir homenaje a todas las mujeres que escriben, que luchan por abrirse camino en un mundo al que, a lo largo de la historia, apenas han tenido acceso. Porque ellas, todas y cada una, están detrás de cada escritora Nobel.


1909: Selma Lagerlöf. Primera mujer miembro de la academia sueca. Su obra El carretero de la muerte fue llevada al cine.

1926: Grazia Deledda. Considerada una de las más célebres escritoras italianas de principios del siglo XX. Cenizas es su novela más popular.

1928: Sigrid Undset. Escritora noruega de origen danés. Su obra se centra en dos temas: los problemas de las mujeres trabajadoras en su primera época y las novelas históricas ambientadas en la Noruega medieval. En 1940 se exilió a EEUU, donde colaboró activamente con el movimiento antinazi.

1938: Pearl S. Buck. Novelista estadounidense cuya obra está influida por la cultura y costumbres chinas, pues pasó allí la mayor parte de su vida. La buena tierra fue premio Pulitzer.

1945: Gabriela Mistral. Escritora chilena cuyo verdadero nombre era Lucila Godoy. Considerada una de las más importantes poetisas hispanoamericanas y una de las figuras más relevantes de las letras mundiales. Sus temas se reparten entre su honda ternura hacia los más desprotegidos, su amor a Chile, su preocupación por la problemática de las mujeres y su afán de poetizar la vida popular y cotidiana. Desde Desolación hasta Recados contando a Chile así lo acreditan.

1966: Nelly Sachs. Alemana de familia judía, escapa de la persecución nazi y se refugia en Suecia, donde vive hasta su muerte. Poetisa y dramaturga, su obra se inspira en la tradición literaria judía. Es autora del drama Eli, misterio sobre los sufrimientos de Israel. Compartió el Nobel con la israelí S.J.Agnom.

1991: Nadine Gordimer. Escritora sudafricana considerada una de las personalidades más destacadas del mundo literario contemporáneo. Su obra se ha centrado en la descripción y crítica del apartheid, razón por la que algunos de sus libros fueron prohibidos en su país. La hija de Burger es considerada su obra maestra.

1993: Toni Morreson. Considerada una de las figuras más relevantes de la narrativa afroamericana, su obra se centra en los problemas de las comunidades negras estadounidenses. Su novela Beloved fue premio Pulitzer.

1996: Wislawa Szymborska. La profunda reflexión moral de su poesía y el lirismo preciso y contenido han seducido a varias generaciones de polacos. Su primer libro se titula Busco la palabra.

2004: Elfriede Jelinek. Escritora rebelde y provocadora, denuncia la violencia sexual y la hipocresía social. Su obra La pianista fue llevada al cine y consiguió el premio Jurado de Cannes 2001.

2007: Doris Lessing. Escritora británica de origen iraní. Vivió en Sudáfrica y actualmente reside en Londres. Su obra se centra en la defensa de los derechos humanos, la problemática sociopolítica africana, la crítica de la vida tradicional británica y la reflexión sobre la subjetividad femenina. Su libro más importante es El cuaderno dorado.

2009: Herta Müller. Nació en Rumanía, en una familia de minoría alemana, los suabos del Banato. Exiliada en Alemania en 1987, el dolor de la represión de las dictaduras marca claramente toda su obra. Su primer libro se titula En tierras bajas.


La mujer fuerte

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,
mujer de saya azul y de tostada frente,
que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía
vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

 Alzaba en la taberna, honda la copa impura
el que te apegó un hijo al pecho de azucena,
y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,
caía la simiente de tu mano, serena.

 Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,
y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,
agrandados al par de maravilla y llanto.

 Y el lodo de tus pies todavía besara,
porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara
¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!

(Gabriela Mistral)



* Parte de la información sobre las autoras tiene como fuente la colaboración de M.S. en La Veu de Torre Llobeta (número 49), revista literaria fundada y editada por Dones en Forma, grupo de mujeres de entre 60 y 80 años que lleva a cabo actividades culturales en el Centre Cívic Torre Llobeta desde hace casi dos décadas.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Y los sueños, sueños son




Forzó una sonrisa de falso agradecimiento (bendita, salvadora mueca, arma y escudo en tan variadas situaciones) cuando el único maestro con quien compartía, desde entonces, el turno de tarde, se ofreció a acompañarla hasta el basto portón donde comenzaba el mundo, sin ser consciente de la grave interferencia que estaba provocando entre ella y tantas sensaciones aún por asimilar. Después, maldijo para sus adentros la lentitud con que las interminables puertas de aquel eterno pasillo se abrían y se cerraban, sintiéndose cómodas (e incluso orgullosas, pensó) en su papel de barrera, de línea separadora entre la libertad y el presidio. No imaginaba más cruel frontera que aquélla.

Por motivos deontológicos, no había querido saber qué causas reducían las vidas de sus alumnas a una realidad paralela protagonizada por cerrojos y silencios, pero la redacción de aquella mujer se convirtió, al tiempo, en testimonio, muestra de complicidad y origen de su inquietud.

Cuando, al fin, llegó a la calle, sacó de su bolsillo el papel, comprimido en ocho pliegues, como si hubiese querido, al doblarlo, hacerlo desaparecer (no sólo de su mano, también de su memoria) Volvió a leerlo, sin dejar de caminar:

Todo empezó una noche de abril, cuando salí con una amiga a tomar unas copas. Jamás imaginé que ése sería el comienzo de un infierno. Pero ocurrió. Conocí a un atractivo chico del cual me enamoré y por él hice un viaje en el que debía transportar estupefacientes. Ahora os escribo desde la cárcel. Pero ésa es otra historia.

“¿Tienes miedo?” le había preguntado, a la salida, el maestro titular de la Prisión de Mujeres, mezcla de cortesía, curiosidad e interés. En efecto, tenía miedo. Miedo de no poder olvidar nunca el fondo transparente de aquellos ojos que brillaban, sin otra luz que la propia, intuyendo la esperanza más allá de los barrotes y del alambre de espino.



La vida es sueño

¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo:
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido:
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
¿qué más os pude ofender,
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?

Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?

Nace el ave, y con sus galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de plumas

o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma:
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?

Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
(gracias al docto pincel),
cuando, atrevido y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto:
¿y yo con mejor instinto
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío
¿y yo con más albedrío
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad,
que le da la majestad
del campo abierto a su huida:
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera arrancar del pecho
pedazos del corazón;
¿qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal.
a un pez, a un bruto y a un ave?

(P.Calderón de la Barca)

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mi primera tertulia literaria





Cuando decidí apuntarme a las tertulias literarias que, cada primer miércoles de mes, se llevan a cabo en la biblioteca de mi barrio, no sabía con qué iba a encontrarme, así que decidí no crearme expectativas y atar las alas de mi imaginación cuando la veía con intención de echar a volar hacia el Madrid de El Pombo y El Ateneo o de transportarme, de un salto, a la Barcelona bohemia de Els Quatre Gats.

Mi intención era, precisamente, no dejar que mi mente me integrase, como por arte de magia, en los cafés en los que Ramón Gómez de la Serna, Ortega y Gasset, Baroja, Valle-Inclán, Unamuno, Picasso, J.R.Jiménez, Rubén Darío y Azaña, entre muchos otros intelectuales de la época, debatían no sólo sobre literatura, sino sobre todo tipo de temas de actualidad, ciencia, filosofía, arte... ya que eso podría desvalorizar la realidad con la que iba a encontrarme en mi particular tertulia.

Más allá de los círculos intelectuales de la España de principios del siglo XX, y teniendo en cuenta que sí contaba con un dato sobre las características de la reunión en la que me disponía a participar en breves, pude acotar el colectivo que las integraba, en este caso, en función del género. "El grupo está formado por unas veinte personas. Todas ellas mujeres" dijo el bibliotecario acompañando el encogimiento de hombros con una cara de cierta resignación. "Dicen que ahora las mujeres leéis más que los hombres". Le sonreí y me fui, preguntando, para mis adentros, si llegará el día en que, además de consumidoras de literatura, también podamos equipararnos a ellos en cuanto a productoras de ésta (y, si en caso de que esto ocurra, podremos superar las trabas y lograr al fin un espacio donde ser reconocidas)

Tras detenerme lo justo en divagar sobre el tema, mi imaginación eliminió la referencia de los cafés literarios que, hasta entonces, me venía a la cabeza cada vez que pensaba en la tertulia, y pasó, inmediatamente, a dibujar en mi mente un contexto que, deduzco, he integrado como normal a partir de películas y series americanas, porque aquí, que yo sepa, no se estila. En esta ocasión, el concepto de tertulia iba ligado al de mujer de clase alta, probablemente esposa de algún político o empresario de gran éxito, que lleva una vida aparentemente perfecta, pero se siente desdichada a pesar de tener todo a lo que, en el mundo frívolo en el que vive (vivimos), alguien desearía aspirar. Es una mujer inteligente, pero no necesita trabajar, así que dispone de tiempo libre para dedicar a la cultura, al ocio y a la sociedad, de forma que organiza reuniones en casa para hablar sobre el último libro leído con mujeres que se encuentran en una situación similar a la suya. Todo acompañado de pastas y té, si queremos darle un aspecto aún más tópico (es increíble cómo llegamos a integrar convenciones sociales como si fuesen cercanas, aun a pesar de pertenecer a una cultura distinta)

Pero no. Obviamente, tampoco fue ésa la realidad con la que me encontré este miércoles pasado, al acudir a mi primera cita con el grupo de tertualia.

Llegué la primera y tuve, por tanto, posibilidad de ver cómo iban llegando el resto de compañeras. Eran por lo general, personas de la tercera edad, ancianas del barrio que probablemente habían encontrado en la lectura una buena alternativa de ocio después de la jubilación (en caso de que hubiesen trabajado) o de que el último hijo, ya crecido, se hubiese marchado de casa. Señoras, en definitiva, que podrían ser mi abuela, o la de usted, o la abuela de cualquiera.

El resto del grupo estaba formado por un segundo perfil de mujeres maduras, algunas de ellas en paro o dedicadas, desde siempre, a la vida familiar. Finalmente, un escritor argentino, también vecino del barrio, como dinamizador de la charla. Y yo, preguntándome, desencantada, dónde me había metido.

La crisis se agudizó cuando, al comenzar la lluvia de ideas e impresiones sobre El curioso incidente del perro a medianoche (libro de Mark Haddon, motivo de la sesión), el Síndrome de Asperger que caracteriza al personaje principal fue tratado como locura y no como TGD (trastorno generalizado del desarrollo, entendido como perturbación grave y generalizada de áreas como las habilidades sociales y la comunicación o la presencia de actividades, comportamientos e intereses estereotipados), dando lugar a relaciones de comparación entre el joven protagonista, y Don Quijote, ni más ni menos.

No había tenido un buen día y aquello me parecía una total pérdida de tiempo. Por un momento, pensé que los comentarios de aquellas señoras podían ser los mismos que se daban una mañana cualquiera en la cola de la charcutería o de la panadería de abajo, que todo era superficial y aleatorio, carente de cualquier interés. Daban importancia a detalles que a mí me parecían insignificantes (debatieron, por ejemplo, durante un cuarto de hora, si "el malo" del libro era el padre o, por el contrario, la madre, cuando a mí me parecía innecesario culpar a nadie del trastorno de un niño) Todo resultaba absurdo.

Pero entonces sucedió. La mujer de pelo blanco que se sentaba a mi lado pidió el turno de palabra y manifestó, con una dulzura que no soy capaz de traducir: "Hoy no he venido a intervenir, porque no he podido terminar de leer el libro. Tengo una nieta con autismo y me toca tan de cerca que sólo quiero sentarme aquí a escuchar vuestras opiniones, a saber cómo se vive desde fuera lo que desde la familia muchas veces es un drama, a sentir cómo veis vosotros a Cristian - el protagonista - y, en consecuencia, a mi nieta María".

En ese momento, el debate dio un giro de 180º y no hubo mujer alguna, al margen de su opinión sobre el padre o la madre de Cristian, que no volcase en aquella abuela todo lo que pudo y más para hacerla sentir bien. Con una empatía increíble, cada una desde su situación personal, su conocimiento o su intuición, se implicó en la historia con tanto cariño y pasión que me dieron, entre todas, una lección de humildad. Porque, a menudo, los grandes aprendizajes no vienen de mano de intelectuales ni de personas con formación, sino de vidas anónimas, de personas capaces de hacer llorar de emoción a otra dando su apoyo incondicional. Personas de una humanidad envidiable a las que tengo el gran privilegio de encontrar cada mañana en la charcutería del barrio y en la panadería de abajo.


¿Qué te sugiere esta imagen?




¿Qué te sugiere esta imagen? ¿Qué título le pondrías? Inventa la historia que, crees, se esconde detrás de ella.


Este enunciado, archirecurrente por los siglos de los siglos en los libros de Primaria, sirvió, en una sesión del máster que estoy cursando actualmente, como excusa para introducir un tema que me ha fascinado como pocos.

Nada más entrar en clase, la profesora de Educación e inclusión social nos propuso una dinámica de grupo que partía de las preguntas anteriores, contestadas de forma individual tras la visualización de determinadas imágenes, y que concluía con una puesta en común y debate, si surgía (que surgió, y de qué manera), sobre las distintas formas de ver (o mirar) aquellas fotos.

Las había de todo tipo: desde las que reflejaban situaciones cotidianas de flirteo una noche de fiesta cualquiera hasta las que retrataban clubes de carretera o meublés, pasando por las de parejas realizando prácticas sexuales, chicas atractivas esperando el autobús o niños emulando a sus madres vistiendo un sujetador. Todas las imágenes, eso sí, tenían el factor común de la ambigüedad, que evidenciaba, a partir de un debate posterior, los mitos y los prejuicios que todos tenemos, en mayor o menor grado, en torno al tema tratado: la prostitución (o trabajo sexual, en adelante)

Desolación, desesperación, huida, humillación, mujer-objeto... fueron algunos de los sentimientos que generó, a nivel de grupo, la imagen que encabeza esta entrada. Yo, por mi parte, tenía una visión distinta, incluso contraria, a la de mis compañeros, y es que, lejos de ver en ella connotaciones negativas, la imagen me transmitía, sobre todo, dos sensaciones: esperanza y libertad.

Porque la mujer de mi imagen no está encerrada en una maleta, sino saliendo de ella. Es una persona emprendedora que no se ata a nada ni a nadie, que no conoce las fronteras. La mujer de mi imagen tiene habilidades suficientes para salir adelante por ella misma, para romper las barreras y para empezar de cero. Es capaz, independiente, sabe lo que quiere y lucha por ello incluso en las condiciones más adversas. Saca energía de donde no la hay, porque es optimista, es fuerte. Es autosuficiente. Es libre.

Después de charlar un rato, la profesora referenció los lugares de los que había sacado las fotos, con la intención de desestigmatizar el trabajo sexual, pues muchas de ellas formaban parte de situaciones que nada tenían que ver con la prostitución, aunque nosotros las hubiésemos relacionado enseguida con ésta. En mi caso, pasó justo lo contrario: la imagen que a mí me inspiraba libertad era precisamente el cartel de una campaña contra la trata de mujeres. Ahí me di cuenta de que, tal vez, había pecado de ingenua.

A lo largo de las sesiones, tuvimos la suerte de conocer a las representantes de algunas entidades que luchan por una mejor situación de las trabajadoras sexuales. Cada organización se sitúa en una postura, a veces de carácter más abolicionista (la prostitución como violación de la mujer, siempre, ya que en la sociedad patriarcal en la que vivimos nunca será una opción elegida libremente: "No es que esté sexualmente liberada, ni que haya superado los criterios morales o los hábitos sexuales represivos. Más bien, ha adoptado la misma percepción de sí misma y de su cuerpo que tienen las personas que la han maltratado durante años: la imagen de sí misma como un desecho humano” dice Kathleen Barry en su libro La esclavitud sexual de la mujer), algunas desde un punto de vista pro-derechos (la prostitución, elegida en libertad, es un trabajo que debe reconocerse como tal, dotando así de derechos a las personas que lo ejerzan: "El estigma de puta constituye un instrumento al alcance de cualquiera para realizar un ataque contra las mujeres a las que se considera demasiado autónomas. Es un mecanismo general del control social sexista” afirma Gail Pheterson en El prisma de la prostitución)

Aún partiendo de premisas ideológicamente tan distantes, asociaciones como SICAR, Àmbit Dona, Abits, Hetaira, Proyecto Esperanza o Genera, entre otras, trabajan día a día, tanto a pie de calle como a nivel burocrático, repartiendo preservativos e información, ofreciendo servicios de orientación y formación, impartiendo cursos, charlas, talleres, haciendo acompañamientos, protegiendo a las trabajadoras sexuales en pisos de acogida, tramitándoles documentos, diseñando campañas de sensibilización para el resto de los ciudadanos... realizando, en definitiva, infinidad de tareas que permiten que, en muchos casos, la concepción que yo tuve, en un primer momento, de la mujer que salía de la maleta, sea una realidad y no sólo una percepción subjetiva de una persona ingenua.


Bibliografía recomendada

- Retrato de intensos colores (Carla Corso)
- Trabajadores/as del sexo (Raquel Osborne)
- Excluidas y marginales (Dolores Juliano)
- La prostitución a debate (Mamen Poriz)
- Trabajo sexual (Magdalena López y Ruth Mestre)