En silencio, una vez más, la misma escena. Dos despedidas en menos de quince días es más de lo que puede aguantar y ahora sólo desea cerrar los ojos para retroceder en el tiempo. O para avanzar, da igual, la cuestión es huir del escenario recurrente en el que el tiempo circular la coloca con frecuencia. El lugar de partida poco importa. También la ciudad de destino es variable (e incluso intercambiable con aquélla que hoy decide abandonar). Ni siquiera las personas que la aguardan a uno y otro lado del charco tienen siempre el mismo nombre. Pero hay algo que no cambia: ese sentimiento que antaño definió como "exceso de inconformismo" y que ahora prefiere llamar, en honor a Peri Rossi, "adicción a la intensidad".
Él sabe (siempre lo supo) que esa angustia es una constante en ella, por mucho tiempo que pase, y que acostumbra a anidar justamente en su garganta, imposbilitando la capacidad para pedir auxilio, aunque se trate de una urgencia. La ansiedad la paraliza y sólo en sus ojos se observa el reflejo azul y gris de una demanda de ayuda.
De camino al aeropuerto, y tras un rato sin hablar, él le pregunta "¿Estás bien?" y da, así, pie a la catarsis.
Entonces, ella le habla de libertad y represión, de independencia emocional, de brechas, dudas, temores y un sistema de valores socialmente impuesto con el que no se identifica. Cita esa frase de Hesse en que tan reflejada se ve: La moral no me ha procurado nunca nada que no fuera doloroso, y le explica cómo la inversión de energía en su lucha particular contra lo éticamente correcto hace que, a veces, le falten fuerzas para seguir adelante. No ha conseguido entender la lógica limitadora que rige las relaciones, no comparte el rol de los distintos actores, ni sabe jugar a ese juego cuyas normas no comprende.
Ella le habla y él la escucha, pero no media palabra. Sólo, al rato, comparte un "Tenemos tiempo, voy a hacer una parada" y vuelve, minutos después, con una bolsa de papel que le ofrece: "Para ti". Dentro, un libro de tapas duras en cuya portada se observa a una princesa cabezona que llora y que ríe al tiempo, y una cita de Gioconda Belli que reza: Soy una quijota que aprendió en las batallas de la vida que si las victorias son un espejismo también lo son las derrotas.
En la contraportada, escritas con bolígrafo negro, cinco palabras y una fecha: Para mi hija. Te quiero. 23/01/10. Aún no ha empezado a leerlo, pero sabe de antemano que nunca olvidará ese libro.
De La Cenicienta que no quería comer perdices dicen su autora, Nunila López, y su ilustradora, Myriam Cameros, que es un canto al amor, pero no al amor dependiente que nos han enseñado, sino a aquel otro basado en la libertad y el placer, y está dedicado a todas las mujeres valientes que están haciendo ese cambio en su vida y a las que la perdieron, que desde el cielo nos iluminan.
En palabras de Javier Vela, es un cuento sobre la libertad de elegir y el heroísmo de lo cotidiano. Un cuento que reescribe la Historia.
Irene Zoe Alameda añade que este cuento invita a encontrar numerosas espinas patriarcales secretamente imbricadas en nuestra cultura.
Las voces del Pamano - Jaume Cabré
Hace 39 minutos


No sabia que fueras "adicta a la intensidad" jajaja, podrias llamarlo tambien "adicción a la indecisión".
ResponderSuprimirY que tal el libro de tu padre?? estaba entretenido. Este de la cenicienta era el de los cuentos explicados desde otro punto de vista. Habra que leerlo que el trozo que colgaste en el fotolog me dejó intrigado XD.
Ves para que luego te quejes que no te leo. Aun estoy esperando que mires el Petauro del fotolog XD.
Jejeje, Ser, no sé si te llegará esto después de medio año, pero es que acabo de releer tu comentario y me ha hecho mucha gracia. Reconozco que aún no he visto el Petauro de tu fotolog, pero voy a ello inmediatamente (no sé cómo he podido vivir tanto tiempo sin saber lo que es ese... animal... planta... ¿? xD)
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