domingo, 17 de enero de 2010

Pez, astro y gafas




Desde que, hará ya unos trece o catorce años, mi madre me recetó Hojas de hierba para curar el escepticismo apático de una preadolescencia compleja, han sido varios los autores que, a modo de medicina, han mejorado la calidad de mi vida en diferentes etapas, siendo coprotagonistas de una conexión cuyo sentido radica en las condiciones creadas (siempre de forma arbitraria) en un momento y lugar.

Whitman, M.Hernández, Cernuda, Alfonsina, Neruda, Martí i Pol, Ángel González, Salinas, Benedetti, Elsa López, Cortázar, , ... Parte importante de mis ángeles de la guarda comparten aspectos (relevantes o no, es cuestión de gustos) como lo son época, idioma y género (poesía o prosa poética en su inmensa mayoría), pero si un rasgo los define como grupo es su capacidad para estremecerme, para dejarme paralizada con una frase o un verso cuya fuerza posibilita, a pesar de las bajas provisiones de esperanza, mi reconciliación con el mundo.

En esta ocasión, el encargado de devolverme la fe en las personas (e incluso quizás – sólo quizás – también un poco en mí misma) es un (el) maestro, a quien nunca había valorado lo suficiente, por no responder su obra, hasta este instante, a mis necesidades inmediatas. Esta noche, al parecer, astros (gafas y peces) se han alineado para que el bálsamo responsable de la armonía que sigue al desequilibrio venga de su curativa mano.



La habitación tenía un espejo. Yo, medio peine en el bolsillo. “Me gusta”. (Vi mi “Me gusta” en el espejo verde) El posadero cerró la puerta. Entonces, vuelto de espaldas al helado campillo de azogue, exclamé otra vez: “Me gusta”. Abajo, el mulo resoplaba. Quiero decir que abría el girasol de su boca.

Esta noche tengo un cielo irregular y caprichoso. Las estrellas se agrupan y extienden en los cristales, como las tarjetas y retratos en el esterillo japonés.

Cuando me dormía, el exquisito minué de las buenas noches se iba perdiendo en las calles.

No tuve más remedio que meterme en la cama. Y me acosté. Pero tomé la precaución de dejar abiertos los postigos, porque no hay nada más hermoso que ver una estrella sorprendida y fija dentro de un marco. Una. Las demás hay que olvidarlas.


[Federico García Lorca]

2 comentarios:

  1. Me pregunte:

    - Solo esa estrella es suficiente para sonreír?
    - A veces...

    :)

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  2. Buena pregunta, Soler. Y también buena respuesta (que da, a su vez, lugar a un nuevo interrogante: y cuando no es suficiente?)


    Gracias por seguir pasando por aquí :)

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