Cada vez que acudo a un acontecimiento como el que tuvo lugar ayer tarde en Caixafòrum me invade la misma sensación contradictoria, que resulta ser fruto, a su vez, de dos emociones enfrentadas: la suerte, o aún más, el privilegio de poder disfrutar de semejante espectáculo, contrapuesta a la frustración que el mismo acto, por diversos motivos, me provoca.
En esta ocasión, este último sentimiento, normalmente equilibrado con el de complacencia y dicha, ha llegado a mí en una dosis de inusual exageración, enfatizada, casi esperpéntica, que, tras realizar un ejercicio de instrospección guiada mediante una conversación telefónica con quien tan bien me conoce, atribuyo, como todo, al factor donde desembocan la mayoría de mis males: una variación personal del tempus fugit en que el tópico literario adquiere matices relacionados con la dispersión y la indecisión que me han caracterizado siempre.
Aunque pueda parecer, a bote pronto, que poco tienen que ver con lo explicado las palabras de Luis Alberto de Cuenca sobre el gran Rubén Darío, cabe destacar que, a través de ellas, llegó a mí la frustración en la mejor de sus formas, porque la frustración hecha poesía tiene un sabor agridulce que no deja indiferente. De este modo, reconozco (no sin algo de pudor) que, al poco de empezar la charla, ya me hallaba emocionada y con lágrimas en los ojos. Porque la belleza, en exceso y sin control, provoca placer, pero duele, y más si una se da cuenta (o corrobora, mejor dicho) que es la literatura, y no cualquier otra cosa, la verdadera pasión que la mueve, el único medio que dota de real significado a todo cuanto la rodea.
No obstante, esta revelación, mediada por las palabras de Luis Alberto (y que, no lo dudo, cualquier otro recital del ciclo De poema a poema hubiese despertado, pues, tras tanto tiempo acallada, tal vez sólo requería del contexto adecuado para hacerse consciente), tiene un tizne de infortunio para aquélla que ha invertido los años orientando su vida hacia metas que poco han de ver con sueños.
Una vez más, es la literatura la única vía capaz de provocar en mí euforia y de llevarme al desengaño, de satisfacerme y enfurecerme a un tiempo, de ofrecer en toda su esencia ese cielo, que en un infierno cabe. Porque actos como el de ayer me hacen protagonista de los más elevados placeres y de las más crudas miserias. Y eso sólo puede ser amor. Quien lo probó lo sabe.


Espléndido, Aïda. Gracias
ResponderSuprimirMuchas gracias a ti, Stalker, me alegra mucho que te guste :)
ResponderSuprimirDeberías hacer más crónicas, Aïda, en serio...
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