Todos (más viajados o menos, más o menos leídos) tenemos una ciudad fetiche. Para Una, la ciudad por excelencia es y ha sido, desde que tiene uso de razón, Barcelona, el lugar a la conquista del cual se lanzó un día, hace tres años, sin saber que sería ella quien acabaría siendo conquistada desde el primer momento en que pusiera un pie en sus tierras.
Dentro de poco, toca subirse de nuevo a bordo del barco que un día la llevó al lugar donde le cambió la vida en una regresión continua a una segunda adolescencia que la hizo crecer más que nunca. Pero Barcelona no ha sido sólo la ciudad que le ha amueblado las entrañas, que ha rellenando su vacío y provocado huecos nuevos, que ha propiciado experiencias necesarias para confrontar sus mí y descubrir nuevos yo. Barcelona ha sido, también, lo más parecido a un paraíso cultural en que gente “de provincias” como Una no da crédito, por más tiempo que viva en él, al comprobar la inabarcable oferta a que se ve continuamente expuesta.
Así, por ejemplo, Una se frotaba los ojos cuando, un jueves cualquiera, acudía, como quien no quiere la cosa, al Saló de Cent de l’Ajuntament y escuchaba a José Luis Sampedro hablar como sólo una autoridad literaria puede hacerlo sobre la vida y la muerte, sobre la paz y la guerra, sobre la sociedad actual y pasada, sobre... en fin, literatura, como diría Cortázar.
Una tampoco asimilaba que Cristina Peri Rossi recitara poemas a sólo unos metros de ella y tenía que pellizcarse cuando ésta la tranquilizaba, con toda naturalidad, al ver que le temblaban las piernas. No todos los días puede Una decir que su más admirada escritora le ha recomendado un libro y le ha apuntado su e-mail, insistiendo en que le escriba para todo lo que necesite.
La cita semanal al ciclo De poeta a poeta, donde Luis Alberto de Cuenca o Luis García Montero, entre otros, recitaban poemas de Rubén Darío, Luis Rosales, Juan Ramón Jiménez... no llegaba a ser integrada por Una como una rutina normalizada. Cuando salía de allí, volvía a casa, cenaba y se iba a dormir – a la mañana siguiente tocaba madrugar –, pero nada era lo mismo, el mundo no podía seguir igual después de que algunos de sus autores favoritos leyeran para ella la poesía que le había cambiado la vida.
Los domingos no eran para Una lo mismo desde que, tras ahorrar durante semanas, podía ver en vivo y en directo a los mejores actores del panorama autonómico y estatal representando obras de Chéjov o de Sófocles, entre otros.
Tampoco se hacía Una a la idea de que una tarde cualquiera, en una librería escondida en cualquier rincón de la ciudad, un recital improvisado pudiera descubrirle autores que renovarían su concepto de literatura y la removerían por dentro como pocas cosas lo habían hecho (así ocurrió con Chantal Maillard) o que un coloquio de biblioteca de barrio le daría la oportunidad de charlar con Emili Teixidor, quien le amenizó la infancia con sus libros, o con Harkaitz Cano, cuya poesía admira enormemente desde que descubriera "Dardaren Interpretazioa".
Ahora toca, pues, volver y Una deja atrás todo ese mundo de posibilidades que se le escapaba de las manos, que la desbordaba y que siempre supo circunstancial. Ya lo está echando de menos, pero no desiste y espera encontrar otros paraísos puntuales, aunque modestos y humildes, en el próximo lugar donde haya de atracar el barco.


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