Nunca se me dio bien relatar experiencias intensas. Inventar, divagar, describir... son acciones poco comprometedoras que puedo llevar a cabo sin excesiva inversión de energía ni implicación personal, pero en el mismo momento en que la razón pierde peso en el relato y entran en juego las vísceras, la página en blanco adquiere un significado distinto y pasa de cómplice a enemigo como por arte de magia.
Desde una perspectiva psicoanalítica, me vería obligada a hablar, llegados a este punto, de conceptos tales como la poca tolerancia a la frustración, que son leit motiv en mi vida (tachón; nota mental: en nuestra vida - queda menos invasivo - ) y que constituyen, bajo mi punto de vista, la base de ese miedo introspectivo que, en mayor o menor medida, todos (bien visto!) tenemos cuando se nos conceden, para la reflexión, el espacio y las condiciones idóneas que habitualmente procuramos, con distintos grados de consciencia, dejar en segundo plano o incluso evitar de manera permanente para hacer más llevadera nuestra cotidianeidad.
Pero, a veces, llega un día en que las circunstancias te atrapan, ignorando tus esfuerzos por mirar hacia otro lado (el trabajo, los estudios, la familia, el partido del domingo o la fiesta de la otra noche, toda excusa es bienvenida) y, violando tu derecho a decir "no", te fuerzan a observarte, como cogiéndote por el cuello y obligándote a iniciar una autocontemplación para nada complaciente, un acontecimiento violento, incluso cuando es provocado por un mítico contexto bucólico o marítimo, con cielos azules y olas que rompen rítmicamente a tus pies.
El detonante es lo de menos. La ruptura de esquemas ha empezado y no puedes prever sus consecuencias, pero sabes que es un hecho transgresor, en cualquier caso, y que tras esa toma de contacto forzada, al fin, contigo mismo, no volverás a ser tú (por serlo, tal vez, más que nunca).

Nunca es agradable esa observación introspectiva que te "autoapuñala" las entrañas. Eso sí, si se pasa a esa transgresión, a esa ruptura de esquemas, siempre es para dar un paso hacia adelante, para evolucionar. No somos estáticos/as, somos cambiantes, y suele ser duro superar esa inercia cómoda que nos puede llevar a quedarnos en la insatisfacción constante.
ResponderSuprimirPD: Soy Fer!
Menos mal de la postdata, Fer, no te había reconocido!
ResponderSuprimirEstoy de acuerdo contigo, creo que, por doloroso que sea a veces ese reencuentro con uno mismo, siempre implica un paso adelante y, en cierto modo, una autoreconciliación. Deberíamos dejar de lado las excusas y mirar más a menudo dentro de nosotros mismos.
mirarnos para adentro o hacia adentro... saludable, doloroso y necesario ejercicio para reconocernos ... aun en el otro
ResponderSuprimirSeroma
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