Blanca tiene cuarenta y ocho años, tres hijas y siete nietos a los que, por cuarto año consecutivo, no podrá abrazar esta Navidad porque no le conceden el visado para viajar a Colombia. La otra tarde me contaba, con lágrimas en los ojos, que al fin, tras tanto tiempo de espera, había sido capaz de reunir a su familia (repartida por todo el mundo) para pasar las fiestas juntos. La ilusión que transmitía en su relato no puede plasmarse en palabras. No sabía, todavía, que su alegría se vería truncada al serle denegado el privilegio del que sólo unos cuantos gozan.
Nahid tiene treinta y cinco años, dos hijos y un marido en paro. Cuenta que su mayor ilusión, de niña, era llegar a ser abogada para defender a todas esas mujeres que “en Marruecos, profesora, no tienen tantos derechos”. Nunca habría imaginado que, en un país como España, también había ciudadanos de primera y de segunda.
Awawu tiene cuarenta años y es madre soltera de una hija de catorce. Lee, habla y escribe correctamente el castellano, recibe clases de catalán y presenta un respeto y un interés envidiables hacia su nuevo cultura y entorno. Ejerció como enfermera durante más de dos décadas en su país de procedencia y tiene un currículum que ya lo querríamos muchos. Sólo falla en un detalle: es de origen nigeriano y, como todo el mundo sabe, las negras recién llegadas a este país sólo tienen dos opciones: ejercer la prostitución o practicar la delincuencia. Al menos, eso es lo que insinúan sus vecinos cada vez que se la cruzan.
Rekia sólo tiene veintisiete, pero ya tiene tres hijos. Hace poco llegó de Marruecos, pero está aprendiendo la lengua a pasos agigantados. Vive lejos del centro donde se imparte castellano y no tiene medio de transporte, motivo que la lleva a levantarse cada día a las seis de la mañana para recorrer, caminando, la ciudad y llegar puntual a clase, tras despertar, vestir, desayunar y acompañar a sus niños a la escuela. Siempre es la primera y no ha faltado ningún día. Asegura que el fin de semana se le hace eterno esperando a que llegue el lunes para tener, durante dos horas, un momento para ella. Los asistentes sociales ponen en duda sus aptitudes como madre.
Georgina colabora varios días por semana en la recogida de ropa de una asociación benéfica del barrio. Llegó hace poco de Mali, pero su carácter sociable y optimista la ha permitido integrarse relativamente en su contexto y dedica el tiempo libre a ayudar a los más necesitados de forma totalmente altruista. Mientras, su marido la espera, paciente, en el coche cuidando de sus dos bebés. Sabe que su mujer realiza una acción más que loable y que, por otro lado, este tipo de actividad la ayuda a estar en contacto con su nuevo entorno. Tanto una como otro intentan hacer oídos sordos ante el menosprecio que, a menudo, les profesan las personas que, sin siquiera conocerlos, tachan su relación de machista alegando que, “claro, en esas culturas africanas ya se sabe”.
Blanca, Nahid, Awawu, Rekia y Georgina son sólo cinco de las noventa historias anónimas protagonizadas por mujeres con las que tengo el gran privilegio de compartir mi tiempo como profesora de español para inmigrantes, pero sobre todo como confesora y como amiga. Historias llevadas a cabo por personas de procedencias y culturas muy diversas que, al tiempo, tienen un perfil común: son personas que ríen, que lloran, que sueñan, que sienten, que ofrecen su afecto desinteresadamente, que te aceptan y te quieren sin esperar nada a cambio. Personas, en definitiva, de las que aprendo más cada día y que, con cada gesto y cada palabra, me transmiten una gratitud y una energía increíbles. Su principal ilusión es aprender y poder empezar de nuevo en un lugar que, para ellas, es una puerta abierta a la esperanza. ¿Vamos a negarles ese derecho?


una realidad que golpea.... cambiando nombres podría trasladarla textualmente a mi pais respecto de migrantes de paises limítrofes....
ResponderSuprimirUn precioso texto Aïda. La gente intolerante no se da cuenta del drama y la historia que hay detrás de cada una de esas personas que vienen de otros países a buscar una oportunidad, como todos tenemos derecho a buscarla, a vivir mejor, a encontrarnos con la felicidad, fuera de nacionalidades, ideologías, sexos, culturas o papeles.
ResponderSuprimir¿Cómo se puede juzgar al otro desde el desconocimiento absoluto, desde etiquetas sin sentido?
Cuánto mal hacen los medios de (des)información y los prejuicios...
Cuando pueda, ya sabes que me animaré a seguir tu estela :P
(Soy Fer, por si acaso xDD)