sábado, 25 de diciembre de 2010

Domingo por la tarde



Domingo por la tarde. El despertador suena por enésima vez desde la hora originaria a la que lo puse al acostarme esta mañana. Los rayos de sol anaranjados que se cuelan por la puerta del lavadero (única fuente de luz natural que hay en mi habitación) me indican que ya es más de mediodía. Una de las pocas cosas que me gusta del invierno es el color que da al cielo, cada día diferente. Divago entre recuerdos de atardeceres varios: en el Cap Blanc, en Camp de Mar, en el faro... Hago memoria y me doy cuenta de que no recuerdo la última ocasión en que vi ponerse el sol.

La alarma del móvil me hace bajar a la Tierra y, sin que sirva de precedente, me alegro de que el estúpido mecanismo que la hace sonar cada nueve minutos siga haciendo su función, pues si llego a pensar durante unos segundos más probablemente la melancolía se habría apoderado de mí, cosa que intento evitar, siempre, a toda costa.

Me levanto, arrugando la nariz, porque mi piel huele todavía a humo. Aún llevo los pendientes y el pañuelo rojo al cuello. Abro los ojos y pestañeo rápido, deseando haberme acordado, al menos, de quitarme las lentillas. A continuación, me pregunto qué inquietante forma habrán tomado esta vez los restos de rímel en mi cara y no puedo evitar acordarme de aquella noche en que lloré tanto que podían verse perfectamente dibujados los caminos a través de mis mejillas. Fernando, Almudena, María... y tantos más atardeceres.

No hay nada en la nevera. Ni siquiera tengo agua para curar la resaca. Me preparo una ensalada tri-ingrediente (no queda queso rallado) y me ducho con desgana. En el móvil, mensajes y llamadas de personas de las que no recuerdo el nombre y, a duras penas, las caras.

Me miro en el espejo y vuelvo a estar en Madrid. Cuatro en una habitación de dos y Qué guapa estás con el pelo mojado. Risas hasta el amanecer.

Sigo observándome fijamente mientras me visto, con prisa. Voy más allá de la mirada e indago qué me transmite, cosa que no es sencilla en un entorno donde todo va tan rápido, donde todo es tan volátil. Incluso mis propios ojos.

Por un instante siento temor de no reconocerme en ellos. Ha llegado el momento de parar y tomar aire. Hoy toca disminuir el ritmo, recordar de dónde vengo para saber dónde voy, hacer frente de una vez a atardeceres y a nombres, a amaneceres y a ojos.

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