En esta noche de insomnio escogido he encontrado, sin buscarlo (como se encuentran las cosas relevantes, según afirma Cortázar en las primeras páginas de la gran Rayuela) un texto que escribí hace algo más de tres años y que no tenía presente en mi memoria (aunque sí llevo siempre conmigo - forma, desde entonces, parte de mí - la sensación que intentaba transmitir su contenido). Llevaba, en aquel entonces, apenas un mes de vida autónoma en Barcelona, aquella ciudad aún desconocida que ya era (y sería siempre) mi nuevo hogar:
Muchas de las personas que deciden comenzar una nueva vida, ya sea de manera puntual o con vistas al futuro, coinciden en que la soledad inicial es el mayor fantasma al que deben hacer frente cuando están lejos de casa. El tiempo parece pararse, como si a las horas les pesasen los zapatos y les costase avanzar. Los recuerdos, constantes, escuecen, como sal en las heridas, y la realidad es percibida de modo distorsionado, polarizándose los extremos y sintiendo que la distancia con el entorno se hace cada vez mayor. La relación con los demás se convierte en puro trámite y, como vestido con un escepticismo impermeable, uno aprende a desconfiar de todo y de todos, idealizando lo que ha dejado atrás y justificando la presente situación mediante conceptos tales como “decisión deliberada” o, incluso, “propia elección”.
Mi caso ha sido el contrario.
Durante estas tres semanas no me ha faltado el apoyo ni por un solo momento, no he extrañado los abrazos, los besos, ni las miradas. Los silencios, quebrantados por las risas, no han sido largos ni incómodos.
En veinticinco días no me he sentido sola, vacía, ni extraña. No he sentido vértigo, náusea, ni siquiera ansiedad. Me he descubierto de nuevo, me he vuelto a reconocer. “He comenzado a vivir y, ahora, espero no cesar hasta mi muerte”.
La naturalidad y la sencillez con la que todo esto está ocurriendo se la debo, en gran parte, a esas personas que no han desestimado esfuerzos cuando he necesitado un hombro, una palabra, un gesto... Personas que, de maneras diversas, me han demostrado tal comprensión y cariño que, sin ser conscientes de ello, han conseguido devolverme la confianza en valores casi olvidados.
Esas personas se están abriendo hueco en mi vida a pasos agigantados. Varios sueños se han entrelazado y siguen avanzando, juntos
Mi caso ha sido el contrario.
Durante estas tres semanas no me ha faltado el apoyo ni por un solo momento, no he extrañado los abrazos, los besos, ni las miradas. Los silencios, quebrantados por las risas, no han sido largos ni incómodos.
En veinticinco días no me he sentido sola, vacía, ni extraña. No he sentido vértigo, náusea, ni siquiera ansiedad. Me he descubierto de nuevo, me he vuelto a reconocer. “He comenzado a vivir y, ahora, espero no cesar hasta mi muerte”.
La naturalidad y la sencillez con la que todo esto está ocurriendo se la debo, en gran parte, a esas personas que no han desestimado esfuerzos cuando he necesitado un hombro, una palabra, un gesto... Personas que, de maneras diversas, me han demostrado tal comprensión y cariño que, sin ser conscientes de ello, han conseguido devolverme la confianza en valores casi olvidados.
Esas personas se están abriendo hueco en mi vida a pasos agigantados. Varios sueños se han entrelazado y siguen avanzando, juntos

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