martes, 28 de diciembre de 2010

"Venga, niños, vamos a hacer un poco de música"



Con estas palabras, la directora del coro da por comenzado el ensayo que tiene lugar en un local cerca de la Diagonal, cada lunes a eso de las nueve de la noche, después de la ya tradicional cena en el bar de la esquina. Como cada semana, el camarero me sonríe cuando le pido un “bocata” en lugar de un “entrepà”, mientras me dirijo a la mesa donde, a través de la ventana, he podido entrever a mi prima y a varios de mis compañeros.

En la sala de ensayo nos reencontramos con el resto del grupo y hacemos la “xerrada” habitual antes de que Gemma entre, casco de la moto en mano y desprendiéndose de varias capas de abrigo, se dirija al piano, dispuesta a empezar la vocalización. Tras los masajes faciales, diversos estiramientos y bostezos contagiosos para desperezar las cavidades resonadoras, llegan los ejercicios en grupo seguidos de alguna innovación de ésas que dan tanto apuro, como mirar a los ojos a la persona que te gusta y proyectar la voz como si quisieras alcanzarla.

Después de varios cruces de miradas, un poco de vergüenza y muchas risas, llegan al fin los arpegios de terceras, quintas y octavas, cantados en tantas tonalidades como nuestro registro de voz permite, mientras alternamos los “aaaa”, los “mmm”  y los tan odiosos “rrrr” (de los que intento escabullirme bebiendo agua, buscando algo en el bolso, mirando la hora o tosiendo). Cogemos al fin las carpetas y nos sentamos en los sitios que, sin pacto preestablecido, parecen llevar nuestro nombre.

Es entonces cuando, entre “Reinbergers”, Da capos, “Compàs vint amb anacrusa”, voces perfectamente empastadas, procurando no calar, claves de fa, impostaciones, escalas cromáticas, “Alerta amb el semito!”, “Escolteu la línia melódica de les sopranos primeres”, bromas musicales varias, comentarios algo friki y una jerga específica, adquirida a lo largo de los ensayos, una se siente miembro de un conjunto, teniendo la certeza de que sólo las personas que hayan crecido entre clases de solfeo, partituras, armonía... y que, además, tengan cierta trayectoria con ese coro en concreto, entenderán el significado y se sentirán como en casa, parte de una gran familia en la que durante unos meses pude encontrar mi lugar (supongo que nadie se escapa del ramalazo gregario).

sábado, 25 de diciembre de 2010

El tiempo circular




No imaginemos la materia infinita, como lo hizo Epicuro; imaginémosla finita. Un número finito de partículas no es susceptible de infinitas transposiciones; en una duración eterna, todos los órdenes y colocaciones posibles ocurrirán un número infinito de veces. Este mundo, con todos sus detalles, hasta los más minúsculos, ha sido elaborado y aniquilado, y será elaborado y aniquilado: infinitamente.

[J.L.Borges, “Prosa completa; volumen I”]




En estos últimos años, la sensación de estar viviendo una y otra vez la misma vida ha sido casi constante. Distintos personajes, papeles ya conocidos. Contextos nuevos, donde interpretar una y mil veces historias de hilo argumental común, con un nudo y desenlace arraigados, invariables. Dentro de un limitado margen de improvisación, pueden cambiar los guiones mediante los que representar ese cuento que aparenta una frescura y originalidad de la que, en verdad, carece. No existen nombres propios, no importa el escenario, las etapas se repiten en una vida cíclica en la que el pasado reaparece indefinidamente.

No obstante, debo reconocer que el Tiempo Circular, responsable de ese Retorno Eterno, me procura experiencia y nuevos recursos para afrontar las situaciones que, una vez, y otra, y otra, hacen acto de presencia. Observo así mi progreso, corrigiendo antiguos errores de los que pude aprender, poniendo en práctica estrategias para seguir adelante y, sobre todo, tropezando una vez más en cada vuelta del bucle, pues así tengo una excusa para seguir avanzando. 

Oda a mi independencia



En esta noche de insomnio escogido he encontrado, sin buscarlo (como se encuentran las cosas relevantes, según afirma Cortázar en las primeras páginas de la gran Rayuela) un texto que escribí hace algo más de tres años y que no tenía presente en mi memoria (aunque sí llevo siempre conmigo - forma, desde entonces, parte de mí - la sensación que intentaba transmitir su contenido). Llevaba, en aquel entonces, apenas un mes de vida autónoma en Barcelona, aquella ciudad aún desconocida que ya era (y sería siempre) mi nuevo hogar:


Muchas de las personas que deciden comenzar una nueva vida, ya sea de manera puntual o con vistas al futuro, coinciden en que la soledad inicial es el mayor fantasma al que deben hacer frente cuando están lejos de casa. El tiempo parece pararse, como si a las horas les pesasen los zapatos y les costase avanzar. Los recuerdos, constantes, escuecen, como sal en las heridas, y la realidad es percibida de modo distorsionado, polarizándose los extremos y sintiendo que la distancia con el entorno se hace cada vez mayor. La relación con los demás se convierte en puro trámite y, como vestido con un escepticismo impermeable, uno aprende a desconfiar de todo y de todos, idealizando lo que ha dejado atrás y justificando la presente situación mediante conceptos tales como “decisión deliberada” o, incluso, “propia elección”.

Mi caso ha sido el contrario.

Durante estas tres semanas no me ha faltado el apoyo ni por un solo momento, no he extrañado los abrazos, los besos, ni las miradas. Los silencios, quebrantados por las risas, no han sido largos ni incómodos.

En veinticinco días no me he sentido sola, vacía, ni extraña. No he sentido vértigo, náusea, ni siquiera ansiedad. Me he descubierto de nuevo, me he vuelto a reconocer. “He comenzado a vivir y, ahora, espero no cesar hasta mi muerte”.

La naturalidad y la sencillez con la que todo esto está ocurriendo se la debo, en gran parte, a esas personas que no han desestimado esfuerzos cuando he necesitado un hombro, una palabra, un gesto... Personas que, de maneras diversas, me han demostrado tal comprensión y cariño que, sin ser conscientes de ello, han conseguido devolverme la confianza en valores casi olvidados.

Esas personas se están abriendo hueco en mi vida a pasos agigantados. Varios sueños se han entrelazado y siguen avanzando, juntos

Pase cuanto tiempo pase

Hay personas que, pese a no estar presentes en nuestro día a día ni haber siquiera llenado nuestras vidas de anécdotas compartidas e inolvidables recuerdos, siguen colándose en la memoria, cuando menos lo esperamos, bajo infinidad de formas.

Ahora es una melodía,
después es una opinión,
varias estrofas, un verso,
una noche interminable.

Meses atrás una broma,
el color de una mirada,
un escritor, un paisaje,
un cantautor, un país.

Películas recomendadas
que nunca he llegado a ver,
la piel blanca de una chica,
una noticia, una sorpresa,
esa expresión característica,
guantes de color, sin dedos.

Tiene forma de resaca,
romanticismo, sarcasmo,
pesadilla, escepticismo,
risa, ingenio, timidez.

Toma el cuerpo de mentiras,
tropiezos, errores varios,
de barcos llegando al puerto,
de palabra alentadora,
despedida, tentación.

Se disfraza de tormenta,
tarde gris o madrugada,
bragas de rayas, lagunas,
alguien leyendo en el tren.

Se encarna en papel quebrado,
corazonada, silencio,
zumo de piña, relato,
la magia en cualquier rincón.



Pase cuanto tiempo pase y sea cual sea el papel, su presencia nunca es vana como esquirla de energía.

Domingo por la tarde



Domingo por la tarde. El despertador suena por enésima vez desde la hora originaria a la que lo puse al acostarme esta mañana. Los rayos de sol anaranjados que se cuelan por la puerta del lavadero (única fuente de luz natural que hay en mi habitación) me indican que ya es más de mediodía. Una de las pocas cosas que me gusta del invierno es el color que da al cielo, cada día diferente. Divago entre recuerdos de atardeceres varios: en el Cap Blanc, en Camp de Mar, en el faro... Hago memoria y me doy cuenta de que no recuerdo la última ocasión en que vi ponerse el sol.

La alarma del móvil me hace bajar a la Tierra y, sin que sirva de precedente, me alegro de que el estúpido mecanismo que la hace sonar cada nueve minutos siga haciendo su función, pues si llego a pensar durante unos segundos más probablemente la melancolía se habría apoderado de mí, cosa que intento evitar, siempre, a toda costa.

Me levanto, arrugando la nariz, porque mi piel huele todavía a humo. Aún llevo los pendientes y el pañuelo rojo al cuello. Abro los ojos y pestañeo rápido, deseando haberme acordado, al menos, de quitarme las lentillas. A continuación, me pregunto qué inquietante forma habrán tomado esta vez los restos de rímel en mi cara y no puedo evitar acordarme de aquella noche en que lloré tanto que podían verse perfectamente dibujados los caminos a través de mis mejillas. Fernando, Almudena, María... y tantos más atardeceres.

No hay nada en la nevera. Ni siquiera tengo agua para curar la resaca. Me preparo una ensalada tri-ingrediente (no queda queso rallado) y me ducho con desgana. En el móvil, mensajes y llamadas de personas de las que no recuerdo el nombre y, a duras penas, las caras.

Me miro en el espejo y vuelvo a estar en Madrid. Cuatro en una habitación de dos y Qué guapa estás con el pelo mojado. Risas hasta el amanecer.

Sigo observándome fijamente mientras me visto, con prisa. Voy más allá de la mirada e indago qué me transmite, cosa que no es sencilla en un entorno donde todo va tan rápido, donde todo es tan volátil. Incluso mis propios ojos.

Por un instante siento temor de no reconocerme en ellos. Ha llegado el momento de parar y tomar aire. Hoy toca disminuir el ritmo, recordar de dónde vengo para saber dónde voy, hacer frente de una vez a atardeceres y a nombres, a amaneceres y a ojos.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Navidades diferentes





En un contexto social en el que el odio hacia esta época y lo que conlleva parece estar tan de moda que uno casi ha de esconder o, en el mejor de los casos, justificar, no sin un punto de rubor, su buena predisposición hacia las fiestas navideñas, siento la necesidad de decir, aun a riesgo de dar una imagen retrógrada y tradicionalista en absoluto acorde con el ideal progresista que de cara a algunos sectores debería representar todo veintipicoañero moderno, que adoro la Navidad. Y no, no soy más altruista ni más solidaria que en otros momentos del año. No siento un pobre a mi mesa ni quiero al prójimo como a mí mismo. No me importa, en definitiva, un carajo el significado religioso de las fiestas ni siento una contradicción interna al celebrarlas aun siendo agnóstica desde que tengo uso de razón. Tampoco gasto más que en otras épocas, por lo que el archirecurrente argumento sobre el materialismo y el derroche no me hace sentir egoísta.
 
No deja de ser un hecho circunstancial, pero, para mí, Navidad es sinónimo de familia, porque es el único momento del año en que, haya sido cual haya sido mi lugar de residencia, me he desplazado a Almería para pasar unos días con esas personas en compañía de las cuales, desafortunadamente, no estoy con mucha frecuencia. Navidad es, además, sinónimo de brasero y de villancicos flamencos heredados de mi bisabuela, de botella de anís El Mono rasgada con un cuchillo, de mantecados y turrones colocados por mi madre en un recipiente de barro mientras mi Tita y yo montamos el árbol la tarde del 24. Navidad son calamares pescados en Cabo de Gata, sopa de marisco preparada por mi abuela, pollo agridulce hecho por la prima Montse, bragas rojas y deseos escritos en servilletas, saltos con el pie derecho cuando dan las campanadas. La Navidad en mi casa es ritual y puede resultar esperpéntica para quienes son ajenos, pero incluso la tradición más absurda adquiere el valor más preciado cuando se lleva a cabo en compañía de personas especiales.

Este año, la Navidad, nuestra Navidad, toma un cariz diferente. Vamos a cantar con voz segura, clara y fuerte, vamos a bailar pisando más firme que nunca, montaremos el árbol más bonito que se haya visto y comeremos la sopa más sabrosa de todas las Navidades. Quemaremos los deseos cuando empiece el nuevo año. Dani abrirá sus regalos con la mayor ilusión, Reiremos y beberemos, como si nada ocurriera. Pero no habrá deseo, ni baile, ni árbol, ni sopa, ni regalo, ni canción que llene el hueco vacío que nos arderá por dentro.


Te echo de menos cada día. Feliz Navidad, Abuelo.