Con estas palabras, la directora del coro da por comenzado el ensayo que tiene lugar en un local cerca de la Diagonal, cada lunes a eso de las nueve de la noche, después de la ya tradicional cena en el bar de la esquina. Como cada semana, el camarero me sonríe cuando le pido un “bocata” en lugar de un “entrepà”, mientras me dirijo a la mesa donde, a través de la ventana, he podido entrever a mi prima y a varios de mis compañeros.
En la sala de ensayo nos reencontramos con el resto del grupo y hacemos la “xerrada” habitual antes de que Gemma entre, casco de la moto en mano y desprendiéndose de varias capas de abrigo, se dirija al piano, dispuesta a empezar la vocalización. Tras los masajes faciales, diversos estiramientos y bostezos contagiosos para desperezar las cavidades resonadoras, llegan los ejercicios en grupo seguidos de alguna innovación de ésas que dan tanto apuro, como mirar a los ojos a la persona que te gusta y proyectar la voz como si quisieras alcanzarla.
Después de varios cruces de miradas, un poco de vergüenza y muchas risas, llegan al fin los arpegios de terceras, quintas y octavas, cantados en tantas tonalidades como nuestro registro de voz permite, mientras alternamos los “aaaa”, los “mmm” y los tan odiosos “rrrr” (de los que intento escabullirme bebiendo agua, buscando algo en el bolso, mirando la hora o tosiendo). Cogemos al fin las carpetas y nos sentamos en los sitios que, sin pacto preestablecido, parecen llevar nuestro nombre.
Es entonces cuando, entre “Reinbergers”, Da capos, “Compàs vint amb anacrusa”, voces perfectamente empastadas, procurando no calar, claves de fa, impostaciones, escalas cromáticas, “Alerta amb el semito!”, “Escolteu la línia melódica de les sopranos primeres”, bromas musicales varias, comentarios algo friki y una jerga específica, adquirida a lo largo de los ensayos, una se siente miembro de un conjunto, teniendo la certeza de que sólo las personas que hayan crecido entre clases de solfeo, partituras, armonía... y que, además, tengan cierta trayectoria con ese coro en concreto, entenderán el significado y se sentirán como en casa, parte de una gran familia en la que durante unos meses pude encontrar mi lugar (supongo que nadie se escapa del ramalazo gregario).




