Rebelándose contra la estación a la que pertenece, el mes de enero nos regala, desde que tengo memoria, una tarde que brilla con luz propia entre el gris a que nos tienen acostumbrados los meses de frío y lluvia.
La llamada es ineludible cuando ello tiene lugar y, el ritual, invariable, no tanto por superstición como por instinto, casi por necesidad.
Impulsada por la compulsión que año tras año me incita a llevar a cabo esta especie de rito de reconciliación con el mundo, me calzo unos zapatos viejos que seguramente acabarán mojados por las olas o la humedad de la arena, cargo la mochila de libros y me proveo de la música adecuada para acudir a la cita. Todo elemento de conexión social es conscientemente olvidado en casa y queda prohibido cualquier otro detalle que pueda distorsionar la esencia de las benditas Calmas de enero.
Los compañeros de viaje son cuidadosamente elegidos para el reencuentro anual con uno mismo y, aunque siempre hay alguien nuevo (Tolstoi y Delibes, Luis Ramiro, Rafa Pons...), no faltan los incondicionales (Lorca, Miguel Hernández, Quique González, Chaouen, Serrat cantando a Machado...) en un camino que une pasado y literatura, recuerdo y arte por arte, y que tiene su razón de ser en la catarsis y en el sentido estético como antídoto, recurso para la supervivencia.
¿El recorrido? El de siempre. Ése que habla de caminos, decisiones y renuncias, señores con bigote y perro, adolescentes en el muro; yo íntegra y parte de un todo, tiempo y búsqueda de identidad, mosquitos como gaviotas, balizas que no varían el eterno diálogo verde y rojo... verde y rojo...
En la cabeza, Cambridge donde estuvo Barcelona. Cambridge o cualquier otro lugar. Cualquier lugar y una duda: ¿Por qué la huida como único recurso? Es duro reconocer que se ha desarrollado insensibilidad a la belleza cercana. Menos mal que algunos días, de manera puntual, uno mira a su alrededor y se empapa de aquello que normalmente no ve.

Las dos últimas frases, geniales. La alegría melancólica que roza la tristeza.
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