Hace unos días, debido al don de la oportunidad que me caracteriza y que, a menudo, me lleva a estar en el lugar menos oportuno en el momento más inadecuado, tuve - iba a decir la desgracia, pero al fin y al cabo el hecho, que sí es desgracia en sí mismo, habría acontecido igual de no haber estado yo presente - ocasión de presenciar uno de esos actos repugnantes que hacen que una odie aún más, si cabe, a su propia especie. Volvía a casa después de una fiesta, cuando de repente vi a tres individuos (por llamarlos de algún modo) tirar contra el suelo a un chico a la voz de "Puto negro de mierda". La violencia de aquel acto no estaba tanto en los golpes como en las palabras, en el odio visceral que aquellos desalmados canalizaban mediante patadas en la cabeza y en el estómago, escupitajos, más insultos... ante la absoluta pasividad de los viandantes y conductores que bordeaban al senegalés yacido en mitad del asfalto.
Me vino entonces a la cabeza la imagen de Husnie - una alumna inmigrante que vive con su familia en las ruinas de una vieja fábrica abandonada - dando gracias, días antes, a este país "maravilloso y bueno" por haberla acogido tan bien. Tenía lágrimas en los ojos y se le entrecortaba la voz. Hoy soy yo la que necesita dar las gracias, porque de no ser por la humanidad que día a día me regalan las personas como ella no me vería con coraje, tras presenciar semejante situación, de reconciliarme con un mundo que cada vez me parece más cínico y más atroz.
Las voces del Pamano - Jaume Cabré
Hace 39 minutos

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