El Cuento del País del Humor Variable era uno de los favoritos de Rasid Khalifa. Hablaba de un país mágico que cambiaba constantemente, según el humor de sus habitantes. En el País del Humor Variable el sol podía brillar toda la noche, si permanecían despiertos los suficientes habitantes, y seguía brillando hasta que la gente empezaba a hartarse de tanto sol; entonces caía una noche irritable, una noche de murmullos, desasosiego y aire enrarecido. Y cuando la gente se enfadaba, la tierra temblaba; y cuando la gente estaba perpleja o poco segura de las cosas, el País del Humor Variable también se embarullaba: la silueta de las casas, de los faroles y de los coches se difuminaba, como un cuadro al que se le hubieran corrido los colores, y entonces podía resultar difícil distinguir dónde acababa una cosa y dónde empezaba la otra…
[Harún y el Mar de las Historias; Salman Rushdie]
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Mi Cuento de Humor Variable habla de una adolescencia que fue búsqueda incesante de esa identidad concebida como propia y modelada, en realidad, mediante un patrón ajeno. Día tras día, durante años, fui cosiéndome, a retales, una personalidad formada por características particulares pero discretas que tenían por objeto diferenciarme del grupo y ayudarme, al mismo tiempo, a ser aceptada por éste. Originalidad cautelosa y mediocridad singular mezcladas en justa dosis deberían ser la única clave para sobrevivir a ese entorno de influencia y gregarismo que escribía una historia común en hojas de cuadernos viejos, en grafittis que enunciaban el nombre de las materias y en poesías que docilitaban el libro de Matemáticas (todo ello ilustrado, con mayor o menor gracia, por dibujos-mascota secretamente plagiados de los del cole vecino) . Pero, de entre todas las fuentes de contenido biográfico, las citas célebres que, con rigurosa paciencia, copiábamos de agenda a agenda, constituian, sin duda, el más fiel testimonio de los pasos que seguimos para aprender a sentir:
[Harún y el Mar de las Historias; Salman Rushdie]
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Mi Cuento de Humor Variable habla de una adolescencia que fue búsqueda incesante de esa identidad concebida como propia y modelada, en realidad, mediante un patrón ajeno. Día tras día, durante años, fui cosiéndome, a retales, una personalidad formada por características particulares pero discretas que tenían por objeto diferenciarme del grupo y ayudarme, al mismo tiempo, a ser aceptada por éste. Originalidad cautelosa y mediocridad singular mezcladas en justa dosis deberían ser la única clave para sobrevivir a ese entorno de influencia y gregarismo que escribía una historia común en hojas de cuadernos viejos, en grafittis que enunciaban el nombre de las materias y en poesías que docilitaban el libro de Matemáticas (todo ello ilustrado, con mayor o menor gracia, por dibujos-mascota secretamente plagiados de los del cole vecino) . Pero, de entre todas las fuentes de contenido biográfico, las citas célebres que, con rigurosa paciencia, copiábamos de agenda a agenda, constituian, sin duda, el más fiel testimonio de los pasos que seguimos para aprender a sentir:
“Si lloras por no poder ver el Sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”
Con el tiempo aprendería de Tagore a quitar hierro a los asuntos y a relativizar los problemas viéndolos desde diferentes ópticas. Solamente de esta forma descubriría que todo es verdad y, por tanto, nada es cierto, y que, como consecuencia, es incoherente intentar establecer fronteras que (de)limiten lo que uno piensa y siente (y es).
Con el tiempo aprendería de Tagore a quitar hierro a los asuntos y a relativizar los problemas viéndolos desde diferentes ópticas. Solamente de esta forma descubriría que todo es verdad y, por tanto, nada es cierto, y que, como consecuencia, es incoherente intentar establecer fronteras que (de)limiten lo que uno piensa y siente (y es).

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