“Tengo la horrible sensación de que pasa el tiempo y no hago nada, y nada acontece, y nada me conmueve hasta la raíz. Miro a Esteban y miro a Jaime y estoy segura de que ellos también se sienten desgraciados. A veces (no te enojes, papá) también te miro a vos y pienso que no quisiera llegar a los cincuenta años y tener tu temple, tu equilibrio, sencillamente porque los encuentro chatos, gastados. Me siento con una gran disponibilidad de energía y no sé en qué emplearla, no sé qué hacer con ella. Creo que vos te resignaste a ser opaco, y eso me parece horrible, porque yo sé que no sos opaco. Por lo menos, que no lo eras”. Le contesté (qué otra cosa podía decirle?) que tenía razón, que hiciera lo posible por salir de nosotros, de nuestra órbita, que me gustaba mucho oírla gritar esa inconformidad, que me parecía estar escuchando un grito mío, de hace muchos años. Entonces sonrió, dijo que yo era muy bueno y me echo los brazos al cuello, como antes.
[La tregua; M. Benedetti]
Lo llaman inconformismo, pero, eufemismos aparte, sin duda hay algo de patológico en esa necesidad de abarcar cuanto puede ser potencialmente vivido, como si una mañana, al levantarse, uno se diese cuenta de que ha estado perdiendo, hasta entonces, un tiempo precioso que pretende recuperar girando, a golpe de experiencia, las manecillas, ya oxidadas, de un resignado reloj de antaño.
Las personas que padecen la presente anomalía tienden a ser deslumbradas por el cegador atractivo de la espontaneidad y persiguen abarcar en una sola todas las vidas ajenas que querrían para sí, convirtiéndose en cazadoras insaciables de horas nuevas, en ávidos coleccionistas de minutos por descubrir que se engalanan con segundos de éxtasis y de sorpresa.
[La tregua; M. Benedetti]
Lo llaman inconformismo, pero, eufemismos aparte, sin duda hay algo de patológico en esa necesidad de abarcar cuanto puede ser potencialmente vivido, como si una mañana, al levantarse, uno se diese cuenta de que ha estado perdiendo, hasta entonces, un tiempo precioso que pretende recuperar girando, a golpe de experiencia, las manecillas, ya oxidadas, de un resignado reloj de antaño.
Las personas que padecen la presente anomalía tienden a ser deslumbradas por el cegador atractivo de la espontaneidad y persiguen abarcar en una sola todas las vidas ajenas que querrían para sí, convirtiéndose en cazadoras insaciables de horas nuevas, en ávidos coleccionistas de minutos por descubrir que se engalanan con segundos de éxtasis y de sorpresa.
Duermo en doble fila, vivo a todo trapo…
Y esta es la vida que yo quería para mí,
pero no es la vida que tú querías...
Y esta es la vida que yo quería para mí,
pero no es la vida que tú querías...

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