miércoles, 23 de marzo de 2011

Hablar de Barcelona


Suponemos siempre demasiado estrechos los límites de nuestra personalidad. Adscribimos tan sólo a nuestra persona aquello que distinguimos como individual y divergente. Pero cada uno de nosotros es en el ser total del mundo, y del mismo modo que nuestro cuerpo integra toda la trayectoria de la evolución, hasta el pez e incluso más atrás aún, llevamos también en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas de los hombres. Todos los dioses y todos los demonios habidos, sea entre los griegos, los chinos o los cafres, todos están con nosotros, están presentes, como posibilidades, deseos o caminos.

[Demian; H.Hesse]


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Una de las muchas características que me fascina de Barcelona es la capacidad camaleónica que le permite entregarse de distintas formas a los que nunca nos saciamos de ella.

En esta ocasión, por ejemplo, la visita ha tenido como hilos conductores la manzanilla con miel y las mantas hasta el cuello, el cielo gris y la lluvia, las horas de sobremesa, los radiadores al máximo, la cama como representación del mundo, las confesiones matutinas entre cuatro paredes verdes.

Tampoco han faltado ataques de risa floja, siestas a las nueve de la noche, croquetas y mandonguilles, sesión de sofá y de fotos, homeópata-psicólogos, lágrimas y “Dónde estabais?”, momentos que al final son horas, kalimotxo y literatura. La intención y el tiempo justo para un “Llama si me necesitas”, mordiscos, complicidad y la mejor compañía.

Porque hablar de Barcelona es hablar de sonrisa inevitable, de vida en su máxima esencia, de exaltación de los sentidos, de adversidades como retos y piezas de puzzle que encajan. Hablar de Barcelona es hablar de como individuo y de nosotros como grupo, de hogar y de promesas que no cumplimos pero son gratificantes. Es, en definitiva, hablar de deseo y también de posibilidad que, quién sabe si algún día, volverá a ser un camino.




Mundua ikusi nahi dut
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