La primera vez que me dijiste te quiero no fue en un clima de ensueño. No me miraste a los ojos ni me besaste con dulzura. No hubo mariposas - ni nada - en un estómago vacío después de vomitar parte del kalimotxo ingerido en otra noche de exceso. Sentada en la acera y con la espalda apoyada en la rueda del coche de un colega, amortiguaba el frío repentino de finales de verano con una toalla que hacía las veces de manta improvisada mientras vigilaba, preocupada, tus gestos en la distancia. Hora y media después, acostada en una cama que se me quedaba grande, hube de imaginar tu voz pronunciando las palabras, mezcla de número y letra, que, al recibir tu mensaje, tuve que descifrar.
Ha llovido desde entonces, pero el leit motiv perdura: no llegaste en un caballo blanco sino en un coche con los cristales ahumados y creo que no se fabrican zapatos de cristal de mi talla. Lo nuestro nunca se ha parecido a ningún cuento de hadas, pero mañana conoceré a tu familia y soy incapaz de dormir.

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