miércoles, 23 de marzo de 2011

Yo me celebro y yo me canto


En cada uno de los modelos ilustres que el joven Whitman conocía y que llamó feudales, hay un personaje central - Aquiles, Ulises, Eneas, Rolando, El Cid, Sigfrido, Cristo - cuya estatura resulta superior a la de los otros, que están supeditados a él. Esta primacía, se dijo Whitman, corresponde a un mundo abolido o que aspiramos a abolir, el de la aristocracia. Mi epopeya no puede ser así; tiene que ser plural, tiene que declarar o presuponer la incomparable y absoluta igualdad de todos los hombres. Semejante necesidad parece conducir fatalmente a un mero fárrago de la acumulación y del caos; Whitman, que era un hombre de genio, sorteó prodigiosamente ese riesgo. Ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra.

[J.L.Borges]


***


Hace algunos días, durante la ya mítica tertulia de cigarro entre clase y clase, surgió la también típica pregunta que, en un contexto informal, suena descontextualizada, pero que en el fondo se agradece porque sirve como excusa para la introspección que, en las épocas de estrés, lucha sin demasiado éxito por hacerse un hueco en nuestra agenda.

La cuestión era, en apariencia, sencilla: "Cómo os describiríais si tuvieseis sólo un minuto?" y, aunque mi pensamiento reflejo fue que los interrogantes pseudo-trascendentades deberían dejarse para los momentos de porro y sofá, en lugar de ser formulados cinco minutos antes de dar clase de Matemáticas a treinta adolescentes con desenfreno hormonal, sí estuve dándole vueltas al tema más tarde.

Finalmente, llegué a la conclusión de que, además de considerar la mencionada síntesis más bien poco funcional, pues el autoconcepto es, aún a estas edades, demasiado variable, nunca sería capaz de captar la esencia de mi autopercepción actual de forma tan acertada como ya lo hizo Whitman, a mediados del siglo XIX:


Yo me celebro y yo me canto,
y todo cuanto es mío también es tuyo,
porque no hay átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

Indolente y ocioso convido a mi alma,
me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.

Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,
nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,
yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,
y espero no cesar hasta mi muerte.

Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás;
me sirvieron, no las olvido;
soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,
naturaleza sin freno con elemental energía.



Porque, bajo mi punto de vista, nadie canta a la vida y al hombre como él lo hace. Y porque cada vez estoy más convencida de que, en el caso hipotético de que tuviese que fundar una nueva religión, no necesitaría más biblia que su libro Hojas de hierba.

1 comentarios:

  1. Si fusionamos este fragmento con el de la entrada anterior queda algo así como una manera de estar y mirar en el mundo.

    ResponderSuprimir