Desde que tenemos uso de razón nos hemos (¿nos han?) preparado para una mierda de vida: una vida llena de engaños, de mentiras, de relaciones que no duran, de sentimientos negativos, de lucha y competición. Nos hemos preparado tanto para no ser perdedoras que nos hemos olvidado de prepararnos para disfrutar. Estamos siempre, a la mínima, con el cuchillo entre los dientes, ya sea porque no conseguimos interpretar los sentimientos ajenos o los propios. Estamos muertas de miedo pero luchamos, y pobre del que se ponga por delante. No confiamos en que el amor de verdad, ése del que hablan los cuentos y del que tanto hemos aprendido a renegar, venga a instalarse en nuestras vidas y nos invada desde el pelo hasta las uñas de los pies. Y no es que pensemos que no lo merecemos, por supuesto que sí, también hemos aprendido a querernos a nosotras mismas como mujeres fuertes y valientes que somos. O no. Nos odiamos por no tener las piernas lo bastante largas o el pelo lo bastante suave, por no tener siete carreras y algún trabajo donde seamos imprescindibles, nos odiamos si no ganamos un sueldo impresionante, si no conducimos, hacemos la comida o incluso tenemos hijos sin apenas despeinarnos.
Y yo me pregunto a quién tengo que pedir responsabilidades - ¿a mi entorno, a la sociedad, a mis experiencias previas, a las expectativas futuras...? - por el cóctel de autoexigencia, escepticismo y contradicción en que me he ido convirtiendo con el paso de los años. Aunque de poco sirve, a estas alturas, invertir el tiempo buscando culpables. Mejor será recoger los pedacitos y recomponer los esquemas sobre una base más sólida, bajo un enfoque distinto.
Tal vez vaya siendo hora de empezar a tener en fe (en un posible cambio de perspectiva) No será un camino fácil, pero esta vez no tengo miedo, porque dispongo del mejor compañero de viaje que pudiera desear.

Gran post, me ha gustado mucho. Por cierto, me llamo Susana y he encontrado tu blog por casualidad en un foro. :)
ResponderSuprimir