sábado 21 de mayo de 2011

#spanishrevolution: sólo un testimonio más



Lo reconozco, el pasado 15 de mayo no fui a la manifestación. Había quedado en unirme a ella con unos amigos, pero me encontraba lejos de la ciudad en ese momento y decidí tomarme el domingo con calma, argumentando para mis adentros que, "total, no habría ni cuatro gatos". Por suerte o por desgracia, cuento con un amplio historial de convocatorias similares a mis espaldas (probablemente influida por un ambiente familiar revolucionario - del que, no voy a negarlo, me siento muy orgullosa - ) y varias experiencias desalentadoras abalan mi escepticismo (no pretendo con ello justificarme, es más, creo que de alguna manera pesará siempre en mi conciencia el no haber acudido a esa cita). Pero esta vez fue distinto. Al llegar a casa, me conecté a varias redes sociales (impulsoras y posibilitadoras, como todo el mundo sabe, del movimiento que estamos viviendo estos días) desde las que mis amigos explicaban el éxito de la manifestación. Y no sólo lo decían ellos, sino que jóvenes de toda España lo corroboraban mediante imágenes y testimonios. 

Pero la cosa pareció quedarse ahí. Ni rastro de la noticia en los medios tradicionales, ni comentarios de la gente en las tertulias cotidianas... ¿Cómo podía una convocatoria tan exitosa ser relegada a anécdota puntual? No le di muchas más vueltas, hasta que, el martes por la mañana, me llegó un evento de facebook llamándome a hacer una acampada en la Plaza de España, para exigir una Democracia Real Ya y unas cuantas cosas más con las que, huelga decirlo, simpatizo absolutamente. Picada por la curiosidad y, para qué negarlo, movida también por el remordimiento de haber faltado a mis principios días antes, decidí participar en la asamblea que tuvo lugar aquella tarde y que me creó, si cabe, aún más contradicciones: tal como imaginé el domingo, éramos pocas decenas las personas allí reunidas, pero, al tiempo, la buena intención, la organización y las ganas de actuar de aquella gente eran tan inmensas que se contagiaban por momentos. Tan enfática fue la transmisión producida que no dudamos en apuntarnos a los equipos de trabajo y prometimos vernos al día siguiente, y al otro, y al otro, y al otro... en el mismo lugar, misma hora.

Eso, por desgracia, fue imposible para mí, puesto que caí enferma esa misma noche, pero eso me permitió también estar conectada en directo casi 24 horas (llevaba tiempo sin levantarme con tantas ganas por la mañana, aun habiéndome acostado tarde, para conocer las últimas noticias y estar al día del rumbo de las movilizaciones). Para intentar compensar mi imposibilidad de asistir a las asambleas que, tres veces al día, tenían lugar en la Plaza de España (punto neurálgico aún en este momento de la llamada #acampadapalma), procuré aportar mi granito de arena haciendo la máxima difusión posible de todo lo que se movía, no sólo en Mallorca, sino, a medida que pasaban las horas, en todas las ciudades de España y en gran parte del mundo. Aún no se sabe cómo ni por qué, la #spanishrevolution estaba llegando a todos los rincones y las cifras de participantes crecían exponencialmente. ¿Quién estaba detrás del movimiento? Nos daba (y nos sigue dando) igual. La gente al fin se movía, despertaba de una vez de tantos años de letargo, y eso, por el momento, era más que suficiente.

A medida que pasaban los días, la cantidad de información era ya inasumible. Los medios nacionales tradicionales abrían con el tema sus noticiarios y ponían en primera página lo que estaba ocurriendo en España (qué remedio, si éramos portada de los periódicos internacionales más importantes - Washington Post, Le Monde, Spiegel... entre otros - cuando aquí habían intentado silenciar las protestas). En la calle no se hablaba de otra cosa, los intelectuales se posicionaban, todo el mundo tenía una opinión. Pero en lo que todos coincidían era en la relevancia de unos hechos sin precedentes en España en las últimas décadas. 

Anoche, un poco más recuperada, pude asistir al fin a una de las asambleas clave de estos días: la que tenía lugar en la transición del viernes al sábado, jornada de reflexión. Lo que vi cuando llegué era aún más impresionante de lo que me habían contado. Recordaba por unos momentos la imagen de la primera noche de asamblea, cuando alguien preguntó quién se quedaba a pasar la noche en la Plaza y levantaron la mano menos de 15 personas. Ayer éramos 3000 los indignados que, como movidos por un halo casi mágico, inimaginable hasta hace una semana, de ilusión y rebeldía, nos reunimos para gritar que estamos hartos.

Personalmente, debo decir que tuve que contener las lágrimas en más de una ocasión durante las intervenciones de mis compañeros/as en la multitudinaria asamblea. Y que no sé qué pasará mañana, pero las decenas de millares de personas que han salido a las calles estos días me han hecho recuperar algo que creía haber perdido: la fe en el cambio. Y sólo por eso ya les voy a estar eternamente agradecida. 


Ayer por la tarde, mi primo de 8 años:

 - ¿Dónde vas?
- A cambiar el mundo.
- Jaaa, no puedes cambiar el mundo tú sola!
- Ya, pero es que no estoy sola.
- Ah, ¿no? ¿Y cuántos sois?
- Muchos. Cada vez más.
- ¿Más de mil?
- Y más de diez mil.
- Halaaaa, ¡entonces sí que podéis cambiar el mundo!

Quizás estoy pecando de ingenua o simplemente estoy afectada por lo vivido estos días, pero mi mayor deseo ahora mismo es que en un futuro no muy lejano pueda enseñarle este escrito a mi primo y decirle que estos fueron los días en que empezamos a escribir la Historia. 


***

4 comentarios:

  1. fantástico, Aïda!

    te dejo este enlace para una presentación que tal vez te interese:

    http://www.lacentral.com/agenda?evento=51365

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  2. Aida estoy en Zacatecas México, pero supe cosas importantes por un filósofo español que trabaja acá en la universidad. Me gusta pensar que Charles Boudelaire estaría con ustedes clamandose como el Albatros que no dejan volar

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  3. Buen post! Me ha encantado la conversación que tuviste con tu primo :)

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