martes 26 de julio de 2011

Breves


Leo, veo y escucho a lo largo de todo el fin de semana cómo la prensa y la opinión pública de este país centran la mayor parte de su atención en dos únicas noticias: la muerte de una cantante y una masacre, en Oslo, a manos de un psicópata ultraderechista.

Amy Winehouse, una cantante "beat" a la que hoy Público tiene la osadía - o al menos a mí me lo parece - de comparar con Burroughs o Kerouac en literatura y de la que yo, hasta el momento, sólo conocía una canción en cuya letra gritaba que no estaba dispuesta a ir a un centro de rehabilitación para superar sus problemas con las drogas (no hace falta que detalle el motivo de su muerte), ha fallecido a los 26 años en su casa de Londres. Pese a ser profesora de música reconozco que los estilos modernos no son mi especialidad y que, por ello, no puedo valorar con conocimiento de causa las aportaciones que, por lo visto, esta mujer hizo a la música. Lo que sí puedo observar, en cambio, es cómo, de la noche a la mañana, por el simple hecho de haber muerto,  una cantante conocida hasta el momento por sus escándalos y sus adicciones, parece haber pasado a ser la nueva Kurt Cobain o la nueva Jim Morrison. No soy partidaria de los mitos, en ningún caso, pero me parece absolutamente desproporcionado que una mujer que sólo ha publicado dos álbumes y que, como consecuencia de ello, lleva cantando lo mismo desde hace 8 años, se convierta en símbolo y referencia una vez muerta, cuando nunca lo fue en vida. También ha muerto estos días, y es sólo un ejemplo de los muchos que podríamos encontrar, un interno del centro penitenciario de Teruel que llevaba cinco meses en huelga de hambre y apenas se le han dedicado unos minutos o unas líneas en algunos medios tradicionales, mientras el funeral de Winehouse ocupa en estos momentos las primeras páginas de casi todas las versiones online de los periódicos nacionales. ¿Dónde está la noticia? Es una pregunta que vengo haciéndome con especial énfasis desde hace algunos meses y cuya respuesta siempre me resulta desalentadora: información es sinónimo de poder y los medios de comunicación son, probablemente, uno de los negocios más peligrosos de nuestra era. 

Sobre la masacre de Oslo poco tengo que decir, pues en este caso sí me parece obvio que la noticia ocupe primeras páginas. Ahora bien, no puedo evitar sentir como un insulto a la inteligencia el que, tanto personas particulares como medios tradicionales cuya línea editorial casa a la perfección con la ideología del asesino (xenófobo, antiislamista, etc.), se laven la cara condenando algo que presentan en sus programas electorales o que, de forma a veces más sutil, defienden en su día a día. ¿Es que a nadie más le da la sensación de que están condenando un hecho que ellos mismos desean pero no pueden o no tienen valor de hacer? ¿O es que la carga de los Mossos de Esquadra que desalojaron injustamente a una familia de inmigrantes ayer en Barcelona no es violencia? ¿O tampoco lo es el que un agente de policía propinara una paliza a un chico por hablarle éste en catalán y se vaya de rositas pagando 1200 euros? ¿Cuánto tiempo vamos a tardar en darnos cuenta de que vivimos rodeados/as y dominados/as por personas cuyo pensamiento no dista tanto de lo ocurrido el pasado sábado?

1 comentarios:

  1. A mi me parecía una mamarracha antes de morir y no pienso cambiar mi opinión ahora. Parece que morirse hasta arriba de mierda hace queseas poco menos que mozart.Querer subirla a los altares de la músicl sólo demuestra la poca cultura musical de un país en donde son los 40 criminales los que deciden que es bueno y que no
    P.D. Sí fuera cristiano a quién la compara musicalmente con Janis Joplin lo quemaba en la hoguera por blasfemo

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