Cuando leí por primera vez a Whitman, poco conocía de él y de su obra, pero mi ignorancia no fue impedimento (sino más bien facilitador que permitió una entrega total, sin prejuicio alguno, a su poesía) para sucumbir, siendo aún preadolescente, a los encantos de aquel poeta que se situaba a la altura de los hombres para cantar a todos y cada uno de ellos.
Quiero al esclavo de los algodonales o al que limpia las cloacas,
le beso la mejilla derecha como a un hermano,
y juro por mi vida que nunca lo negaré.
Withman era, para mí, en aquel entonces, sinónimo de Amor, de Libertad, de Alegría... de Vida, al fin. Y, a pesar de no conocer su origen ni su intención (si es que la había), su poemario Hojas de hierba representaba una declaración de principios, una filosofía vital que aún a día de hoy sustenta las bases de lo que entonces empecé a ser. Me encontraba, sin ser consciente de ello, ante el más extraordinario fragmento de espíritu y sabiduría que nunca hubiese podido caer en mis manos.
Han pasado quince años desde aquella primera lectura (que, dicho sea de paso, debo agradecer a la gran sensibilidad de mi madre) y hoy sé mucho más de las circunstancias de Walt Whitman. Sé, por ejemplo, que el poeta tenía grandes esperanzas puestas en una nueva América en la que se desmoronaba la estructura feudal. En palabras de G. Nolasco, Whitman había recibido como herencia la declaración de Filadelfia y sabía que su flamígera proposición se materializó en la Revolución Francesa: libertad de expresión, libertad de culto, libertad de conciencia, seguridades individuales. [...] La democracia marchaba; sus nuevas instituciones revoluionaban las costumbres, eran motores de progreso y seguro camino para la materialización de los valores más preciados del hombre.
Ante este esperanzador panorama, Whitman asumió el reto de escribir una epopeya que celebrara las nuevas circunstancias de una América democrática y decidió hacerlo mediante un nuevo procedimiento que no centrara la atención en un hombre (como pudiese ser Ulises, El Cid o incluso Cristo, anteriormente), sino que asegurase una visión plural en la que todos y cada uno de los seres gozasen de absoluta igualdad.
Me pregunto, no sin evidente congoja, qué pensaría el poeta si pudiese comprobar, poco más de un siglo después, qué hizo verdaderamente el hombre - los hombres - con la oportunidad de cambio que se le brindó en aquel momento, en qué convirtieron - convertimos, día a día - la América - y el mundo - que tan prósperos tiempos prometía y que, dudo, pueda hoy reconocerse en los versos que, con ilusión, la ensalzaban.
Ésta es la mesa puesta para todos, ésta es la carne para el hombre natural;
es para el malvado no menos que para el justo, a todos he invitado,
no permitiré que una sola persona sea desairada o excluida,
la mantenida, el parásito, el ladrón, están aquí invitados.
El esclavo de labios gruesos está invitado, el enfermo venéreo está invitado,
no se hará la menor diferencia entre ellos y los otros.
Qué distinto sería todo si Whitman fuese algo más que un capítulo en los libros de texto de los estudiantes americanos...

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